
Las anteriores películas sobre Drácula adaptaban en realidad la obra de teatro estrenada en 1927. Resultaba más accesible que la novela de Bram Stoker, una novela epistolar a la que se añadían retazos de los diarios de los protagonistas. El guionista James V. Hart fue el encargado de reconstruir todos eso retazos de cartas y al acabar el manuscrito lo describió como un «Lo que el viento se llevó» pero con sexo y violencia, algo que seducía, y mucho, al público de la década de los noventa. Fue Winona Ryder la que durante un fin de semana en la que se leyó más de una docena de guiones, se topó con esta versión y convenció a Coppola y a Columbia de que la hiciesen realidad. Ella fue la verdadera artífice del proyecto y ni siquiera la acreditaron como tal, pensaron que ya debía de tener suficiente con ser una gran estrella con poco más de 20 años.
Drácula de Coppola tiene el honor de haber estrenado una nueva era para los vampiros. Ya no eran seres repugnantes que saciaban su sed con la sangre de sus víctimas, sino que las seducían y estas caían rendidas a sus pies. Así sucedía con los jóvenes y atractivos vampiros de «Entrevista con el vampiro» o de la saga «Crepúsculo» y un largo etcétera que ha venido décadas después.
Drácula se vendió como la adaptación más fiel jamás rodada, pero a la vez se promocionó como una historia de amor que iba más allá de la muerte con el fin de seducir a un público que poco antes había abarrotado las salas de cine para ver «Ghost». Con este fin se inventaron dos episodios románticos que no estaban incluidos en la novela de Stoker. El primero es un prólogo, con una batalla recreada con sombras chinescas y marionetas que reivindicaba al conde como un patriota y una víctima cuando su mujer Elisabeta, se suicida por culpa de un complot encaminado a hacerla creer que su amado había muerto en el campo de batalla. La segunda modificación fue convertir a Mina en la reencarnación de la mujer de Drácula, con quien el vampiro se reencuentra tras el paso de los siglos. De este modo Drácula se convierte en la película de Coppola en un héroe romántico trágico que ha esperado cuatrocientos años para recuperar al amor de su vida.
En aquella época Francis Ford Coppola podía permitirse rodar lo que quisiera, ya era el director idolatrado por las masas y respetado por la industria. Por eso decidió, en contra de la productora, no emplear efectos digitales en absoluto, que por otra parte en aquella época todavía eran más bien escasos aunque ya empezaban a dar señales de lo que se convertirían en el futuro. Coppola quería que todo lo que se viese en la pantalla hubiese sucedido delante de la cámara, para ello utilizó toda clase de trucos artesanos: diapositivas, superposición de dos rollos de celuloide para contraponer dos imágenes distintas en un solo plano, una calle de Londres construida para la película y especialistas colocados delante de un foco con la difícil tarea de interpretar a las sombras de los personajes, unas sombras que en muchas ocasiones cobraban vida propia.
Entre las curiosidades del rodaje destacar que Coppola invitó a todos los miembros del reparto a su casa durante un fin de semana con el fin de leer libros esotéricos y de vampiros. Una convivencia que exasperó a Anthony Hopkins, muy poco amigo de socializar con sus compañeros de reparto. El director también pidió a su equipo que cualquier idea o sugerencia siempre tuviese su origen en un cuadro o una pesadilla, algo que favoreció un reguero de imágenes que han quedado grabadas en la memoria colectiva.
La película ganó tres Oscars: mejor sonido, mejor maquillaje y mejor vestuario además de envejecer de maravilla, por algo los vampiros son eternos y son capaces de atravesar…»oceanos de tiempo».