
Hay estrellas que pertenecen a una época. Y luego está Marilyn Monroe, que pertenece a todas.
Cien años después de su nacimiento —el 1 de junio de 1926— su rostro sigue apareciendo en escaparates, camisetas, películas, cuadros, canciones, memes, anuncios y exposiciones como si el tiempo hubiese decidido hacer una excepción con ella. Ninguna actriz de Hollywood ha sobrevivido con semejante intensidad a su propia muerte. Y quizá esa sea la primera paradoja del centenario de Marilyn Monroe: celebramos a alguien cuya imagen nunca se fue, aunque la persona desapareciera hace ya más de seis décadas.
En 2026 el mundo entero se ha lanzado a revisitar a Marilyn. París, Londres, Madrid, Los Ángeles, Turín o Palm Springs organizan retrospectivas, exposiciones, ciclos de cine y experiencias inmersivas. Pero este aniversario tiene algo distinto de los homenajes anteriores. Durante décadas Marilyn fue recordada sobre todo como un mito trágico: la rubia luminosa consumida por Hollywood. Ahora el relato está cambiando. El centenario intenta rescatar a la mujer inteligente, disciplinada y estratégicamente consciente que existía detrás del icono.
Y eso lo cambia todo.
El fantasma más famoso del siglo XX
La exposición más importante del centenario se celebra en la Cinémathèque Française de París. No es casual. Francia siempre entendió a Marilyn mejor que Estados Unidos. Mientras Hollywood la reducía a comedia ligera y sensualidad explosiva, muchos intelectuales europeos vieron en ella algo más complejo: una mezcla de fragilidad, ironía y modernidad que parecía adelantada a su tiempo.
La muestra parisina evita deliberadamente el tono necrológico. No se centra en la tragedia ni en el dormitorio de Brentwood donde apareció muerta en agosto de 1962. El recorrido quiere mostrar a una actriz que trabajaba obsesivamente cada gesto, cada mirada y cada silencio. Hay cuadernos de notas, fotografías de rodaje, pruebas de vestuario y documentos relacionados con Marilyn Monroe Productions, la compañía que fundó en 1955 para escapar del control absoluto de la 20th Century Fox.
Ese detalle resulta fundamental para entender por qué el centenario de 2026 está siendo distinto. Marilyn ya no aparece solamente como víctima. También emerge como pionera.
Mucho antes de que las celebridades contemporáneas hablaran de controlar su marca personal, Marilyn entendió que Hollywood fabricaba personajes y destruía personas. Y quiso intervenir en el proceso. Rompió contratos, desafió ejecutivos y regresó a estudiar interpretación en Nueva York cuando ya era una de las mujeres más famosas del planeta. Aquello desconcertó a los estudios. ¿Por qué una estrella sexual necesitaba estudiar a Chéjov?
La respuesta era sencilla: porque quería ser tomada en serio.
Norma Jeane contra Marilyn
El centenario también ha devuelto protagonismo a Norma Jeane, la niña pobre antes de convertirse en Marilyn Monroe.
Esa historia sigue teniendo una fuerza brutal incluso en 2026. Una infancia marcada por orfanatos, familias de acogida, abandono emocional y precariedad. Nada en aquella adolescente tímida hacía imaginar el nacimiento del mayor símbolo sexual del siglo XX. Y sin embargo, precisamente ahí reside el núcleo del mito: Marilyn fue una invención consciente.
No nació Marilyn Monroe. La construyó.
Hay algo profundamente moderno en esa transformación. Hoy vivimos rodeados de identidades digitales, filtros, personajes públicos y marcas personales. Marilyn parece menos una actriz clásica de los años cincuenta y más una precursora involuntaria de la cultura contemporánea. Comprendió antes que nadie que la fama consiste en fabricar una versión ampliada de uno mismo.
Pero también descubrió el precio.
Muchos de los libros publicados por el centenario insisten en ese desdoblamiento permanente entre Norma Jeane y Marilyn. Fotografías inéditas, entrevistas recuperadas y testimonios de amigos muestran a una mujer culta, insegura, extremadamente sensible y agotada por la presión de interpretar continuamente el papel de “Marilyn Monroe”.
Hay una frase atribuida a ella que reaparece constantemente en este aniversario: “Marilyn Monroe solo existe en la pantalla”.
Quizá por eso sigue fascinándonos tanto. Porque intuimos que debajo del icono había alguien intentando escapar del icono.
El cuerpo más observado del mundo
Resulta imposible hablar de Marilyn sin hablar de la mirada masculina que la convirtió en objeto universal de deseo. Durante décadas fue reducida a eso: el vestido blanco levantándose sobre la rejilla del metro, los labios rojos, la voz susurrante, la sensualidad aparentemente ingenua.
Sin embargo, muchas de las exposiciones de 2026 están releyendo precisamente esas imágenes.
La National Portrait Gallery de Londres plantea una idea especialmente interesante: Marilyn no fue únicamente fotografiada; también dirigía la fotografía. Entendía perfectamente cómo funcionaba la cámara. Sabía qué ángulo utilizar, cuándo inclinar la cabeza, cómo modular la expresión y cómo convertir una simple sesión fotográfica en una construcción mitológica.
No era pasiva. Participaba activamente en la creación del personaje.
Eso obliga a reconsiderar muchas cosas. Durante años la cultura popular interpretó a Marilyn como una víctima total de la sexualización. El centenario propone una visión más compleja: fue explotada por Hollywood, sí, pero también utilizó conscientemente su magnetismo como herramienta de poder en un sistema diseñado por hombres.
Esa tensión sigue siendo extraordinariamente contemporánea. Basta observar las discusiones actuales sobre celebridad, feminismo, redes sociales y exposición pública para comprobar que Marilyn continúa formulando preguntas incómodas.
¿Hasta qué punto una mujer controla la imagen que el mundo consume de ella?
¿Dónde termina el personaje y empieza la persona?
¿Puede alguien sobrevivir a convertirse en fantasía colectiva?
La muerte que nunca se cerró
Por supuesto, el centenario también reactiva inevitablemente el misterio de su muerte.
En agosto de 1962 Marilyn Monroe apareció muerta a los 36 años por una sobredosis de barbitúricos. La versión oficial habló de “probable suicidio”. Pero desde entonces las teorías nunca dejaron de multiplicarse: conspiraciones políticas, conexiones con los Kennedy, encubrimientos, mafias, servicios secretos.
La cultura popular convirtió su final en una especie de agujero negro estadounidense.
Y quizá ahí reside otra clave de su inmortalidad. Marilyn murió joven, bella y en el punto exacto donde el mito supera a la biografía. Como James Dean, Elvis o Kurt Cobain, quedó congelada en una edad simbólica. Nunca envejeció. Nunca atravesó el desgaste inevitable de las estrellas veteranas. Permaneció para siempre suspendida en el instante de máximo resplandor.
Pero el centenario parece menos interesado en el morbo y más en la dimensión humana del agotamiento emocional que sufrió. Muchas publicaciones recientes hablan de ansiedad, insomnio crónico, dependencia farmacológica y presión mediática extrema. Leídas desde 2026, esas historias resultan inquietantemente actuales. La maquinaria de celebridad que trituró a Marilyn no ha desaparecido; simplemente se ha acelerado con internet.
La diferencia es que ahora ocurre en tiempo real.
El centenario de una idea
Quizá la pregunta más interesante no sea por qué seguimos recordando a Marilyn Monroe, sino por qué seguimos necesitándola.
Porque Marilyn representa algo más grande que Hollywood. Representa la promesa y el fracaso del sueño americano. La posibilidad de reinventarse. La soledad escondida detrás de la fama. La transformación del ser humano en mercancía visual. La vulnerabilidad convertida en espectáculo.
Y también representa una contradicción que sigue definiendo nuestra época: nunca habíamos adorado tanto las imágenes ni destruido tan rápido a las personas que viven dentro de ellas.
Por eso este centenario no parece una celebración nostálgica. Tiene algo de espejo cultural. Marilyn continúa hablándonos porque el mundo que la creó se parece demasiado al nuestro.
La diferencia es que hoy todos vivimos un poco dentro de esa lógica de exposición permanente que ella padeció primero.
Tal vez por eso, cien años después de su nacimiento, Marilyn Monroe sigue pareciendo extrañamente contemporánea. No como un recuerdo del pasado, sino como una advertencia luminosa.
La mujer más fotografiada del siglo XX continúa mirándonos desde cada imagen con la misma mezcla de vulnerabilidad y artificio.
Y quizá seguimos fascinados porque intuimos que, detrás de aquella sonrisa perfecta, Marilyn ya sabía algo que nosotros apenas empezamos a comprender: que la fama puede convertirte en eterno… y al mismo tiempo borrarte por completo.
Paco Encinar








