Yiya Murano: el veneno, la fama y un documental que resulta fascinante

Hay historias criminales que trascienden el expediente judicial y terminan instaladas para siempre en la memoria colectiva. Algunas lo consiguen por la brutalidad de los hechos; otras, por la personalidad de sus protagonistas. Y luego están los casos como el de Yiya Murano, donde se mezclan crimen, misterio, ambición, manipulación y un componente casi teatral imposible de ignorar. Su historia regresa ahora con Yiya Murano: Muerte a la hora del té, disponible en Netflix, y debo decirlo desde el principio: me ha resultado absolutamente fascinante.

No solo por el caso en sí, que ya de por sí parece escrito por un novelista con imaginación desbordante, sino por la forma en la que el documental reconstruye una figura tan oscura como magnética. Estamos ante una producción que no se limita a enumerar hechos, sino que se adentra en cómo una asesina condenada terminó convertida también en icono mediático.

Un caso que parece ficción

Yiya Murano, conocida como “la envenenadora de Monserrat”, fue condenada por asesinar a tres amigas que le habían prestado dinero. La mecánica del crimen resulta tan inquietante hoy como entonces: relaciones de confianza, reuniones cotidianas, conversaciones amables y, detrás de todo ello, una calculada estrategia mortal.

Lo perturbador del caso siempre fue su apariencia de normalidad. No hay violencia explosiva ni escenas brutales. Hay tazas de té, encuentros sociales y una mujer que proyectaba sofisticación y serenidad. Esa contradicción convierte la historia en algo irresistible para cualquiera interesado en la psicología criminal.

El documental aprovecha muy bien esa dualidad: la mujer elegante frente a la criminal despiadada.

La teoría del té y el poder del detalle

Uno de los elementos más interesantes del trabajo de Netflix es cómo revisa el imaginario popular construido durante décadas. En Argentina muchos crecieron escuchando hablar de las famosas “masitas envenenadas” (pastas o pastelitos en España) , casi como si fueran parte de una leyenda urbana.

Sin embargo, el documental plantea que el veneno pudo haber estado en el té y no en la repostería. Es un matiz aparentemente pequeño, pero narrativamente enorme. Cambia la escena, modifica lo que creemos saber y demuestra hasta qué punto los relatos públicos simplifican la realidad.

Ese tipo de revisión histórica me ha parecido especialmente atractiva. No estamos solo ante un resumen del caso, sino ante una nueva mirada sobre él.

Fascinación incómoda

Confieso que una de las razones por las que el documental me ha atrapado tanto es la incomodidad que genera. Como espectador, uno siente una mezcla extraña entre interés intelectual y rechazo moral.

Yiya Murano no responde al estereotipo clásico del asesino serial que tantas veces hemos visto en pantalla. Su perfil es mucho más desconcertante: una mujer integrada socialmente, aparentemente refinada, capaz de convertir la intimidad y la confianza en armas.

Esa normalidad es, precisamente, lo más escalofriante.

De los tribunales al plató

Otra parte del documental que me ha resultado fascinante es la transformación posterior de Yiya en personaje televisivo. Tras cumplir condena, apareció en programas de entretenimiento, concedió entrevistas y cultivó una imagen extravagante que muchos recuerdan más que los propios crímenes.

Es un fenómeno increíblemente moderno: la capacidad de los medios para reciclar cualquier figura polémica y convertirla en espectáculo. El documental plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo una asesina terminó convertida en celebridad pop?

No ofrece respuestas simples, y eso se agradece.

Las víctimas vuelven al centro

Uno de los mayores aciertos de la producción es recuperar a las víctimas, demasiado tiempo eclipsadas por el personaje de Yiya. Porque detrás del mito hubo mujeres reales, amistades traicionadas y familias destrozadas.

Ese equilibrio entre el magnetismo narrativo del caso y el respeto por quienes lo sufrieron es fundamental. El documental consigue mantener el interés sin caer del todo en la glorificación del monstruo.

Un retrato social brillante

Más allá del crimen, lo que también me ha resultado fascinante es cómo esta historia sirve para retratar varias épocas de Argentina: la sociedad urbana de los años setenta, el peso de las apariencias, la obsesión por el estatus y, años después, la televisión convertida en trituradora moral donde todo puede reciclarse.

Por eso funciona tan bien: no habla solo de una asesina, sino de la sociedad que la observó, la juzgó y después la convirtió en personaje.

¿Vale la pena verlo?

Sin duda. Especialmente si te interesan los documentales criminales con capas, contexto y preguntas abiertas. No es solo un “true crime” más. Tiene personalidad, historia y una protagonista tan perturbadora como imposible de ignorar.

En mi caso, lo repito sin matices: me ha resultado fascinante. Fascinante por su rareza, por su oscuridad, por lo mucho que dice sobre el crimen y también sobre nosotros como espectadores.

Dónde verlo

Yiya Murano: Muerte a la hora del té se puede ver en Netflix, donde forma parte de su catálogo documental.

Paco Encinar


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