
En la oscuridad de una sala llena, el público espera con ganas el remake de Nosferatu, ese clásico que todos conocemos, aunque sea de oídas. Desde el primer segundo, ya sabes que esto no es cualquier película de terror. Es un viaje que mezcla lo clásico con un toque moderno que te deja pegado al asiento.
La peli empieza con una escena que huele a expresionismo alemán por todos lados. Sombras gigantes, luces misteriosas… pero, ojo, que no es solo un homenaje al pasado. Este Nosferatu tiene vida propia. El Conde Orlok, interpretado por un actor que da miedo con solo parpadear, no es el típico vampiro. Es un monstruo, sí, pero también un alma rota, atrapada en su propia tragedia. Vamos, que terminas sintiendo un poco de pena por él.
Un punto fuerte, fuerte, es la música. Se mezclan instrumentos clásicos con sintetizadores modernos que te ponen los pelos de punta. Es como si cada nota te dijera: «No te relajes, que esto se va a poner peor». La música no solo acompaña, sino que le da a todo un aire más creepy y emocional.
La historia se mantiene fiel al original, pero con un par de giros interesantes. Ellen, la chica protagonista, ya no es la damisela en apuros. Ahora tiene un papel mucho más activo y su relación con Orlok es… rara. Hay tensión, atracción y un toque de miedo que te mantiene enganchado.
El director sabe que hoy en día no nos tragamos sustos baratos, así que va por otro lado. Cada escena está tan bien hecha que hasta el silencio te pone nervioso. Es de esas pelís donde el terror se te mete bajo la piel y no te suelta.
Cuando termina, la sala está dividida. Unos aplauden por lo arriesgado y profundo que es el remake; otros prefieren la magia simple del original. Pero lo que nadie puede discutir es que esta versión de Nosferatu logra algo difícil: traer de vuelta a un clásico y hacerlo sentir fresco y necesario. Orlok está de regreso, y esta vez, para quedarse.
Paco Encinar