“Babe, el cerdito valiente»: El pequeño héroe que conquistó Hollywood y nuestros corazones

En la década de los noventa, una película sencilla y a la vez mágica llegó a nuestras pantallas para conquistarnos con una historia de ternura, valentía y superación. “Babe, el cerdito valiente” no solo fue un éxito en taquilla, sino que se ganó un lugar especial en el corazón de varias generaciones, gracias a su mensaje, sus personajes y la impecable mezcla entre animales reales, animatrónica y efectos especiales. Hoy, varias décadas después, recordar esta película es difícil no sentir una nostalgia cálida, ese sentimiento amable que nos transporta a una época en que el cine familiar sabía tocar el alma sin artificios.

La historia de Babe es la de un cerdito huérfano que es adquirido por un granjero que intuye algo especial en él. En un mundo donde cada animal tiene un papel asignado, Babe desafía todas las normas para convertirse en perro pastor de ovejas, algo impensable para cualquier cerdo. La película nos lleva de la mano por sus días de aprendizaje y por su lucha silenciosa por ser aceptado, recordándonos que la amabilidad y la determinación pueden cambiar la vida.

Detrás de esta entrañable historia se esconde una hazaña de producción que pocos conocen. Para dar vida a Babe en pantalla se emplearon nada menos que 48 cerditas diferentes, todas hembras; una decisión práctica para evitar mostrar genitales visibles que los machos tendrían y para conservar un aspecto dulce y uniforme en la pantalla, dado que los cerdos crecen rápidamente y requerían reemplazos constantes durante el rodaje. Pero no solo se trató de un solo cerdo o unas pocas escenas: participaron más de 500 animales entrenados, entre perros, ovejas, caballos, gatos y otros, todos coordinados por un equipo de expertos liderado por Karl Lewis Miller, uno de los entrenadores más respetados del cine.

La película no solo se apoyó en la ternura y el carisma de sus protagonistas animales, sino que innovó con el uso de animatrónica para crear los primeros planos y escenas en que Babe “habla” y expresa sus emociones. Esta combinación de técnicas cautivó a la audiencia y fue reconocida con el Oscar a los mejores efectos visuales, uno de sus siete premios a los que aspiró aquella temporada. Además, la película capturó ese espíritu ganado a pulso, mostrando un mundo rural reconfortante, lleno de personajes únicos y un mensaje que trasciende la pantalla: la importancia de la empatía, el valor de la individualidad y la fuerza de la bondad.

Más allá del éxito comercial y la innovación técnica, “Babe” marcó un antes y un después en la carrera de su protagonista humano, James Cromwell, que tras interpretar al granjero Hoggett se convirtió en vegano y activista por el bienestar animal, reflejando el poderoso impacto que esta historia tuvo también en la vida real. La película inspiró a muchos espectadores a reconsiderar la relación con los animales y a abrir su corazón a causas mayores.

Cuando hoy se piensa en “Babe”, no solo evocamos la película, sino la nostalgia por un cine que desbordaba humanidad, sencillez y magia en igual medida, y que nos regaló un héroe improbable pero inolvidable. Babe dejó una huella imborrable como símbolo de valentía y amor, recordándonos que a veces los más pequeños pueden lograr las cosas más grandes. Una historia que, sin grandes artificios, sigue emocionando y enseñando, generación tras generación.

Paco Encinar


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