“Drácula: A Love Tale” — Luc Besson reinventa el mito, entre la melancolía y el deseo

A veces el mito debe reinventarse, abrir nuevos surcos en un terreno saturado de imágenes, sangre y maldiciones. En 2025, el cineasta francés Luc Besson —célebre por obras tan dispares como “El quinto elemento” y “Léon”— se lanza con valentía a uno de los relatos más revisitados de la literatura y el cine: Drácula. Pero su Dracula: A Love Tale no es una versión más, un eco gótico ni una simple actualización moderna. Es, sobre todo, una apuesta por la emoción y el drama romántico, un viaje al corazón herido de Vlad —el hombre antes que el monstruo—, envuelto en los escenarios irrepetibles de la Belle Époque y la Europa helada, y con un reparto que promete redefinir el arquetipo del vampiro en la gran pantalla.

Del príncipe al monstruo: una tragedia romántica

La película arranca en el siglo XV, en el momento exacto en que un príncipe, Vlad II (Caleb Landry Jones), es despojado de su gran amor. En un gesto desafiante, renuncia a Dios —el único consuelo posible que le quedaba— y es maldecido a transitar los siglos, inmortal y solitario, cargando a cuestas un pozo de culpa y de recuerdos. No hay alivio en la eternidad: la condena de Vlad, como la de Sísifo contemporáneo, es amar y perder para siempre. Besson pone el foco en ese dolor atemporal, alejando la cámara del mero monstruo y permitiéndonos vivir el desgaste de los siglos.

Décadas de adaptaciones han tendido a profundizar en el horror, a exagerar el espanto, el colmillo, las túnicas, el castillo y la niebla. Pero Besson busca otra cosa: en palabras del propio director, su propósito fue dotar al personaje de una “vulnerabilidad melancólica, más cercana a la añoranza y el remordimiento que a la amenaza oscura”. El Vlad de Caleb Landry Jones está lejos de la monstruosidad caricaturesca: su fragilidad, la desesperación en los ojos, la búsqueda incesante de redención y la obsesión con recuperar el amor perdido, construyen un arquetipo maravillosamente humano, incluso cuando los colmillos asoman.

París y el arte de recrear el mito

La narrativa da un salto de siglos y se traslada a un París de finales del XIX, exquisitamente reconstruido, desbordante de luz eléctrica, fiestas y secretos. Aquí, Vlad, ya convertido en el legendario Drácula, cree encontrar en Mina (Matilda De Angelis) la reencarnación de su difunta esposa. La ciudad del amor se convierte entonces en el escenario de una búsqueda frenética: Drácula perseguido y a la vez perseguidor, siempre amenazado por la posibilidad de perder, de nuevo, a su único consuelo. Christoph Waltz, siempre magnético, encarna a uno de los antagonistas que dan réplica a la obsesión trágica del protagonista.

No faltan los elementos clásicos: la sombra acechante, los símbolos religiosos, el castillo nevado —para el que Besson y su equipo recrearon más de 4,000m² de decorados— y las persecuciones a lo largo de cementerios y callejones húmedos. Pero, lejos de apoyarse únicamente en el cliché visual, la cinta sobresale por su forma de dibujar, casi pictóricamente, los claroscuros de la psicología del vampiro. La fotografía a cargo de Colin Wandersman y la primera colaboración musical de Danny Elfman con Besson dotan a la película de una atmósfera entre el ensueño y el delirio.

Un Drácula para nuevos tiempos

La película se sitúa, así, a medio camino entre el homenaje nostálgico al horror gótico y la revisión cultural del mito, en tiempos de refundaciones e hibridaciones. Si en los años noventa la versión de Coppola con Gary Oldman supuso la canonización del Drácula sensual y trágico, Besson da un paso más y explora los traumas, la soledad, el agotamiento de un cuerpo y un alma condenados a eternizar la ausencia.

Gran parte del mérito reside en la interpretación de Caleb Landry Jones: según el propio director, el guión fue escrito pensando en él, y el actor corresponde con un trabajo físico y vocal impecable, desmarcado del terror clásico pero cargado de un dramatismo contenido que lo acerca más al antihéroe que al demonio. La preparación incluyó una exigente pérdida de peso, un riguroso trabajo sobre el acento rumano y una apuesta por el matiz más que por el énfasis.

Más allá de la sangre

Lo fascinante de esta nueva versión, que pronto llegará a los cines españoles (estreno: 21 de noviembre de 2025), es su capacidad para implicar emocionalmente al espectador. Aunque no renuncia a los elementos macabros ni a la sangre, Dracula: A Love Tale aborda el amor y la obsesión como formas de condena, como los verdaderos males que acechan tras la inmortalidad. El vampirismo, aquí, no es sólo una maldición sobre el cuerpo: es la perpetuación de un deseo insatisfecho, una búsqueda interminable de plenitud en tiempos que siempre cambian, como la ciudad que cobija su drama.

Expectativas y lugar en el cine europeo

Rodada en inglés, con ambición visual y un presupuesto estimado en 45 millones de euros —una de las mayores apuestas recientes de EuropaCorp y LBP Productions—, la película aspira a ser un hito en el cine fantástico europeo. El propio avance y las imágenes difundidas anticipan una cinta capaz de atraer tanto a los seguidores de los clásicos como a quienes buscan un relato de pasiones complejas y románticas.

El estreno, esperado en Francia el 30 de julio y en España el 21 de noviembre, viene precedido de un tráiler que apunta a una obra sin miedo a la sangre ni al corazón. Un Drácula que, en vez de limitarse a aterrar, nos invita a compadecer su largo viaje por la noche y el recuerdo.

En resumen, con Dracula: A Love Tale, Luc Besson no solo nos ofrece sangre fresca al mito, sino una nueva mirada sobre el amor, el tiempo y la soledad. Una crónica visual que nos hace preguntarnos si acaso el mayor castigo para un monstruo no es la muerte, sino el eterno deseo de un amor que jamás podrá restaurarse.

Paco Encinar


Deja un comentario