
A veces, la historia de la música y la cultura parece escribirse en letras doradas y, a su paso, deja huellas que resisten el paso del tiempo. Aquella tarde de verano de 1990, cuando las luces del Estadio Vicente Calderón se encendieron para recibir a Madonna, pocos imaginaban que estaban a punto de asistir a uno de los acontecimientos musicales más impactantes que jamás haya vivido España. Hoy, con el 35 aniversario del Blond Ambition Tour, el recuerdo bulle más intenso que nunca, más aún al rememorar la magia secreta que rodeó aquella visita, entre ritmos pop y la efervescencia creativa propia de la movida madrileña.
Corría un Madrid sofocante a finales de julio, pero ninguna ola de calor era capaz de aplacar el fervor de miles de fans. Las entradas estaban agotadas desde hacía semanas; la expectativa flotaba en el aire, mezclada con la electricidad de quien siente que está viviendo algo único. Madonna asaltó el escenario como un torbellino, enfundada en sus icónicos corsés de Jean Paul Gaultier, moviendo no solo corazones sino conciencias. Delante de ella, una España que comenzaba a despertar a la modernidad, decía adiós a ciertos pudores mientras “Express Yourself” retumbaba en el graderío con la fuerza de un himno emancipador.
Solo dos noches después, la gira tomaba rumbo a Vigo, donde el Estadio de Balaídos se rendía ante la reina del pop. Pese a que la asistencia fue más modesta, la fuerza del espectáculo, la increíble mezcla de precisión y libertad, de coreografías y gestos provocadores, dejó huella también al norte. Madonna, irreverente y magnética, transformó las dudas iniciales en admiración.
El 1 de agosto, Barcelona era la última parada española y la penúltima de toda la gira. El Estadi Olímpic Lluís Companys vibró con la retransmisión en directo de una actuación que ha permanecido en la memoria colectiva hasta hoy. Para miles de espectadores, aquel concierto fue mucho más que música: supuso un puente con el futuro, una promesa de que el pop podía ser arte, espectáculo y revolución social. Madonna no solo desafió límites escénicos y artísticos, sino también culturales, al enfrentarse a críticas de sectores conservadores y religiosos. Entre luces llamativas, cambios de vestuario y una escenografía inigualable, la Material Girl mostró que el atrevimiento podía ser una virtud.
Pero más allá del escándalo y el atrevimiento, había algo más difícil de describir: la sensación de que estábamos viviendo una transformación. Para muchos, fue el primer gran concierto internacional, la primera vez que la televisión rompía fronteras y nos regalaba un trozo de historia en directo. Aún hoy, quien estuvo allí recuerda la emoción de cantar a pleno pulmón “Like a Prayer” o de bailar “Vogue” con miles de desconocidos, todos hermanados por una misma euforia.
Sin embargo, aquel verano mágico tuvo una noche especial que pasó a la leyenda: la fiesta que Pedro Almodóvar organizó para Madonna la víspera de su primer concierto en Madrid, el 26 de julio. El hotel Palace fue un hervidero de arte, deseo y provocación, donde el cine posfranquista y el pop internacional se encontraron en una celebración del presente y del futuro. Madonna, lejos de mantener la distancia propia de una estrella, se entregó a un ambiente donde reinaban la libertad y el desparpajo, fundiéndose con el selecto grupo de artistas y bohemios que rodeaban a Almodóvar.
Entre las figuras que destacaron en aquella velada, emergió la joven promesa Antonio Banderas, entonces una estrella emergente gracias a su trabajo con Almodóvar. La fascinación de Madonna por Banderas fue palpable. Su interés no se ocultó ni en público ni delante de las cámaras, mostrando un lado pícara y natural que el documental «En la cama con Madonna» (Truth or Dare) capturó para la posteridad. La química entre la diva y el actor español se convirtió en parte del folklore pop que mezcla música, cine y una fascinación casi mágica con la España de aquellos años.
Almodóvar, siempre atento a las relaciones complejas y creativas entre sus colaboradores y amigos, no fue ajeno al magnetismo que se desató entre Madonna y Banderas. Ese trío de admiración, deseo y creación quedaría plasmado años más tarde en películas como “Dolor y Gloria”, donde el cineasta y el actor exploran la intensidad de su propia relación artística y personal.
Esa noche mágica y la aventura de Madonna en España no terminaron cuando se apagaron las luces del concierto. Quedó una huella profunda, un recuerdo vivo que aún hoy rememoran fans, artistas y promotores, un evento que no solo cambió el panorama musical, sino que abrió puertas a la modernidad cultural en nuestro país.
Treinta y cinco años después, aquel verano sigue siendo un punto de inflexión. Entre vídeos granosos, revistas amarillentas y testimonios que afloran en redes, el Blond Ambition Tour, la fiesta de Almodóvar y la atracción por Banderas recobran vida en una historia que continúa inspirando y emocionando. Porque algunos conciertos y noches no terminan cuando se apagan los focos, sino que permanecen vivos, palpitando en el recuerdo y en el alma de quienes los vivieron y los reviven con cada revulsivo suspiro de nostalgia.
Paco Encinar