
La película Weapons, dirigida por Zach Cregger, es uno de los fenómenos cinematográficos de 2025; su estreno ha marcado un hito en el cine de terror moderno por su audacia narrativa y su habilidad para perturbar incluso a los más curtidos espectadores. Si algo ha caracterizado al director desde su aplaudido debut en Barbarian, es esa capacidad para transformar lo cotidiano en fuente de inquietud, y en Weapons lleva esta idea hasta el extremo, tejiendo una historia sensorialmente abrumadora e intelectualmente desafiante.
Todo comienza en un pueblo pequeño y aparentemente apacible que despierta una mañana ante una noticia imposible de asimilar: 17 niños, todos integrantes de una sola clase escolar, han desaparecido la misma noche, en el mismo momento. Solo uno permanece, y el misterio desencadena una reacción en cadena de sospecha, terror, desconfianza y rencor. La maestra de los niños, Justine Gandy (una Julia Garner inmensa), se ve rápidamente en el punto de mira, presa de la histeria colectiva y el juicio de una comunidad ávida de respuestas y culpables.
Uno de los grandes aciertos de Weapons es sin duda su reparto, que contribuye decisivamente a la tensión y profundidad emocional de la historia. Josh Brolin encarna a Archer Graff, el padre de uno de los niños desaparecidos, dibujando a un hombre herido por el dolor y la determinación. Frente a él, Julia Garner, como Justine Gandy, se constituye en el verdadero eje moral y emocional del relato, llenando la pantalla de matices entre la culpa, la confusión y la obstinación en busca de respuestas. Alden Ehrenreich, en el papel de Paul —el agente de policía con un pasado turbio y una relación compleja con Justine— añade más capas de conflicto a la atmósfera enrarecida del pueblo. Cary Christopher destaca como Alex, el único niño que no desapareció, y su interpretación introduce nuevas preguntas y una inquietud latente en el espectador. La solidez del reparto se completa con Austin Abrams, cuya vulnerabilidad juvenil es conmovedora; Benedict Wong, en el papel del director de la escuela, que trata de mantener la cohesión mientras todo a su alrededor se desmorona; y talentos como Amy Madigan (Gladys Lilly), June Diane Raphael (Donna), Toby Huss (capitán Ed), Whitmer Thomas y Luke Speakman, que enriquecen la representación de una comunidad al borde del colapso. Esta fuerza coral sostiene el retrato de un pueblo fracturado por el miedo colectivo y la incertidumbre, logrando que cada personaje aporte verosimilitud y humanidad a la tragedia.
Weapons destaca porque, en vez de enfocarse exclusivamente en la investigación policial típica, prefiere sumergirnos en una estructura coral, donde cada capítulo lleva el foco sobre un nuevo personaje. Cregger, inspirado por las grandes narrativas entrelazadas de Paul Thomas Anderson o Robert Altman, retrata con precisión quirúrgica los entresijos de una comunidad al borde del colapso. Así, seguimos el devastador recorrido de padres, policías y vecinos, todos empujados al límite por un suceso que nadie comprende del todo.
Pieza a pieza, Weapons nos va empaquetando con la tensión de lo inexplicable. Las cámaras de seguridad muestran imágenes grotescamente inquietantes: los niños abandonaron sus casas casi al unísono, saliendo en línea recta, con los brazos extendidos y sin mirar atrás, guiados por una fuerza que nunca termina de explicarse del todo. El pueblo se sumerge en el desconcierto y la paranoia, y todos los interrogantes parecen dar vueltas en círculo, sin una resolución satisfactoria. El guion va dejando caer detalles progresivamente, mezclando pistas sobrenaturales con ecos de corrupción policial, rituales clandestinos y tabúes religiosos, todo envuelto en un aura de inestabilidad y amenaza creciente.
La dirección de Cregger es impecable al mantenernos en vilo, jugando con lo no dicho y lo invisible. Como espectadores, compartimos la ansiedad y la impotencia de los personajes; cada escena se construye con paciencia, con pequeños sobresaltos y un ritmo que serpentea, alternando lo macabro con breves alivios cómicos y falsos finales que solo sirven para aumentar la angustia. Weapons rehúye el salto fácil y prefiere martillar la psiquis: el miedo aquí viene de la idea de estar perdiendo el control, de lo que no podemos comprender.
El apartado visual y sonoro contribuye al efecto: la fotografía de Larkin Seiple realza los contrastes entre la luz doméstica y las sombras, y la partitura de los hermanos Holladay y del propio Cregger añade capas de inquietud. El diseño de producción retrata una comunidad reconocible, casi suburbana, cuyo deterioro mental es tan palpable como físico a lo largo del metraje.
Lo verdaderamente perturbador de Weapons, y quizá su mayor acierto, es la negativa a dar respuestas categóricas: el horror no es tanto qué se llevaron los niños, sino el abismo de incertidumbre que dejan tras de sí. La experiencia del espectador termina tan marcada por la atmósfera y por la empatía con los personajes como por el misterio central, que se resiste a una explicación unívoca o confortable. Cregger fuerza al público a convivir con la duda y el malestar, a replantearse la fragilidad de las comunidades ante lo inexplicable.
Weapons es, en definitiva, una de esas películas que trascienden el género, que no solo asustan, sino que inquietan y persiguen mucho después de haberse encendido las luces de la sala. Es una obra que invita al debate —sobre la confianza, el miedo colectivo y los límites de lo racional— y que confirma a Zach Cregger como una de las voces más originales y perturbadoras del cine contemporáneo. Para quien busque un terror inteligente, ambicioso y emocional, Weapons no solo cumple: deja huella.
Paco Encinar