
Por décadas, la sola mención del nombre de Rick Moranis trae a la memoria una mezcla de nostalgia y admiración. En los años 80 y principios de los 90, nadie encarnaba mejor al padre despistado y entrañable, al genio torpe o al antihéroe con corazón, que este actor canadiense que conquistó Hollywood con un humor distinto y una sinceridad desarmante. Sin embargo, detrás del éxito en taquilla y la fama internacional, la trayectoria de Moranis fue atravesada por un giro tan inesperado como devastador: la tragedia personal que transformó su vida y lo alejó del estrellato durante décadas.
En lo más alto del éxito
Rick Moranis saltó a la fama a través del programa canadiense “Second City TV”, donde su destreza para la comedia y el guion lo llevó a colaborar con otros talentos legendarios como John Candy y Eugene Levy. Su capacidad para crear personajes únicos y memorables pronto lo catapultó a la gran pantalla. Clásicos como “Los cazafantasmas” (1984), “La pequeña tienda de los horrores” (1986) y, especialmente, “Cariño, he encogido a los niños” (1989), consolidaron su imagen como un referente de la comedia familiar y el cine fantástico.
Moranis tenía la rara habilidad de dotar de humanidad a los arquetipos del nerd y el antihéroe, logrando que el público empatizara de inmediato con sus personajes. Su interpretación de Dark Helmet en “La loca historia de las galaxias” (“Spaceballs”, 1987) se convirtió en una parodia inolvidable y un guiño perpetuo a la cultura pop. En la cima de su popularidad, parecía que la carrera de Rick Moranis no conocería límites.
La tragedia golpea en casa
Pero la vida personal de Moranis cambió abruptamente en 1991, cuando su esposa, Ann Belsky, diseñadora de vestuario y madre de sus dos hijos, falleció de cáncer de mama. En ese momento, sus hijos, Rachel y Mitchell, tenían apenas 4 y 2 años respectivamente. El golpe fue tan profundo como definitivo: ante la ausencia de su pareja y con la crianza de dos niños pequeños bajo su total responsabilidad, Rick Moranis tomó una decisión poco común en Hollywood.
Eligió dar un paso atrás. Rechazó nuevos proyectos y, discretamente, desapareció de los primeros planos del cine. Su prioridad se volvió clara: ser padre a tiempo completo. “Me convertí en un padre soltero con dos hijos pequeños. No estaba dispuesto a abandonar a mis hijos durante meses para trabajar en una película”, explicó años después. Su vida pública se desvaneció casi por completo, optando solo por trabajos puntuales de voz en off que le permitieran permanecer cerca de su familia.
El mito del retiro y la vida lejos de Hollywood
A diferencia de muchas estrellas que hacen pública cada faceta de su vida personal, Moranis mantuvo la discreción y la privacidad durante más de dos décadas. Fue visto como un ejemplo silencioso de responsabilidad y coherencia, rehuyendo las cámaras y el glamour por una vida común en Nueva York. Nadie más que sus hijos y círculo íntimo sabía regularmente de él. “No fue un retiro formal. Fue una pausa que se fue alargando porque simplemente era lo que mi vida necesitaba en ese momento”, ha contado en algunas entrevistas.
En estos años, Moranis se mantuvo activo artísticamente en espacios alternativos. Participó en doblajes como “Brother Bear” (2003) y produjo álbumes de country humorístico que incluso lo llevaron a una nominación al Grammy. Pero su nombre fue desapareciendo del radar masivo, alimentando casi una leyenda urbana sobre su retiro total.
Un regreso esperado
Con los hijos ya adultos, el ciclo familiar terminó por cerrarse y Moranis comenzó a considerar apariciones esporádicas. La noticia que cambió todo llegó en 2020, cuando se confirmó que volvería a interpretar a Dark Helmet en la esperada secuela de “La loca historia de las galaxias” (“Spaceballs 2”) y retomaría su papel de Wayne Szalinski en el reboot de “Cariño, he encogido a los niños” (“Shrunk”). Así, el público que creció con él celebró el regreso de un actor que, sin buscarlo, se convirtió en símbolo de otras formas de valentía y éxito.
Un legado distinto
Lo que hace excepcional el recorrido de Rick Moranis no es solo su talento actoral, sino la entereza para priorizar la vida familiar frente al atractivo y la comodidad del estrellato. Su historia es una rara lección, especialmente en la industria del espectáculo: hay momentos en los que la mayor heroicidad está, simplemente, en estar presente para los hijos y anteponerlos a todo.
Hoy, décadas después de su autoexilio voluntario, Moranis resurge en pantalla con la misma naturalidad que lo hizo célebre. Su regreso significa más que la vuelta de un gran talento: es la confirmación de que, a veces, las historias más importantes ocurren lejos de los focos y los aplausos, y que el regreso tras la ausencia puede ser igual de emocionante que la cúspide de cualquier carrera artística.
Paco Encinar