El último viaje de Inma de Santis

Inma de Santis nació en Madrid el 24 de febrero de 1959, en el corazón de una ciudad que entonces despertaba lenta y tímidamente a la modernidad. Desde niña, demostró una vocación precoz y una presencia magnética en escena. Debutó en el cine con apenas cinco años en “El niño y el muro”, y enseguida se hizo un hueco entre los rostros más reconocibles del audiovisual español. En casa, su nombre real—Inmaculada Santiago del Pino—nunca alcanzó la popularidad que sí tuvo su seudónimo artístico, síntoma también de una época en la que una mujer debía reinventarse para tener voz propia en la industria.

La trayectoria de Inma estuvo marcada por la intensidad y la diversidad. A finales de los años 60 participó en títulos emblemáticos como “La vida sigue igual”, donde compartió reparto con un por entonces desconocido Julio Iglesias y se inserta en la memoria colectiva una fotografía luminosa de juventud y libertad. Durante la década de los 70 y 80, su carrera se expandió con igual éxito en cine, televisión y teatro, en un movimiento poco habitual para las actrices de su generación, encasilladas habitualmente en un único registro. Obras como “Juegos de amor prohibido”, dirigida por Eloy de la Iglesia, subrayaron su voluntad de huir de los caminos trillados y su interés en explorar historias alejadas del convencionalismo dominante.

Pero la Inma que seducía a directores, compañeros y espectadores era algo más que una intérprete entregada: era una mujer inconformista. Licenciada en Ciencias de la Información, siempre fue crítica con los papeles estereotipados y vacíos con los que el cine español trataba a las mujeres. Denunciaba, con una lucidez inusual para su edad, la ausencia de personajes femeninos complejos y la falta de historias contadas desde la experiencia de las mujeres. Esa inquietud la llevó en 1987 a dar un paso detrás de la cámara con el cortometraje “Eulalia”, una pequeña joya que obtuvo varios premios y que consolidó su anhelo de dirigir sus propios largometrajes. Para Inma, actuar no era suficiente; sentía la necesidad de narrar, de levantar historias desde la raíz, de buscar verdad donde escaseaba lo auténtico.

En televisión, fue una presencia habitual: protagonizó capítulos en programas míticos como “Estudio 1”, “Cuentos y leyendas” o “Teatro Estudio”. Dirigió y guionizó espacios, pero nunca perdió la cercanía y la naturalidad que la hicieron tan querida también como entrevistadora y presentadora. Quienes trabajaron a su lado destacan su capacidad de conectar con el público sin esfuerzo, su honestidad y un permanente estado de curiosidad creadora.

A menudo, Inma luchó por la independencia en su carrera y en su vida, enfrentándose a las convenciones del oficio y a su propia fama, que si bien le abría puertas, también la encerraba en ciertas expectativas. Hablaba sin tapujos de sus modelos a seguir dentro y fuera del cine: la influencia del cine europeo, la admiración por directoras que iban abriendo caminos y su deseo de una industria donde la desigualdad de género fuera solo un mal recuerdo.

La tragedia irrumpió el 21 de diciembre de 1989. Inma viajaba junto a unos amigos por el Sáhara Occidental, donde unas vacaciones se convirtieron en el epílogo de su vida. Conducía un vehículo todoterreno que volcó tras intentar esquivar un animal en la carretera. Fue expulsada del coche y falleció en el acto. Tenía solo 30 años.

La noticia conmocionó al mundo del espectáculo y a quienes habían seguido desde la infancia el devenir de su carrera. Los medios de la época consignaron la pérdida de “una de las mejores actrices jóvenes del cine español”, una voz original y genuina, que aspiraba a transformar la industria desde dentro y que, con toda seguridad, hubiera alcanzado cotas artísticas más altas a poco que el tiempo le hubiera sido propicio. Sus cenizas fueron depositadas en el Cementerio de la Almudena, cumpliendo así su deseo de ser incinerada.

Pero la huella de Inma de Santis no se limita a la memora de quienes la vieron actuar. Su nombre ha sido reivindicado por compañeros y por aficionados, que han solicitado sin éxito dedicarle calles, plazas o centros culturales en Madrid y en Pozuelo de Alarcón, símbolo del reconocimiento que merece quien vivió y trabajó siempre, y a pesar de todo, desde la autenticidad y el compromiso.

A día de hoy, su filmografía, en la que destacan títulos como “El bosque del lobo”, “Nunca en horas de clase”, “Las flores del vicio”, “El asesino de muñecas” o la mencionada “Juegos de amor prohibido”, y su labor en televisión, siguen disponibles para la curiosidad de nuevas generaciones. También sus cortometrajes ocupan un lugar especial en la todavía breve, pero esencial, historia de las directoras españolas.

Inma de Santis no quería ser solo parte de una historia; quería contarla y transformarla. Su vida es testimonio de una época y de una lucha que aún hoy resuena. Su ausencia es un hueco, no solo por lo que hizo, sino—y sobre todo—por todo lo que le quedaba por hacer.

Paco Encinar


Deja un comentario