Francisco Ibáñez: el genio que nos hizo reír a todos

Francisco Ibáñez sigue siendo, a pesar del paso del tiempo y de su ausencia física, una figura imprescindible para comprender el humor gráfico en España y en buena parte de Europa. Nacido en Barcelona en 1936, en plena posguerra, Ibáñez encontró en el dibujo una forma de evadirse de la rutina gris y una plataforma desde la que retratar, con agudeza y ternura, la realidad que lo rodeaba. Aquella vocación infantil pronto se transformaría en una carrera prodigiosa dedicada a la historieta.

No es exageración considerarlo uno de los grandes arquitectos de la risa en nuestro país. Desde sus primeros trabajos, se hizo evidente que poseía una habilidad única para captar el pulso social y convertirlo en viñetas cargadas de ingenio y doble sentido. Trabajó mucho y muy duro, publicando sus primeras obra en revistas infantiles, hasta conseguir en 1958 su gran éxito: “Mortadelo y Filemón”. Aquella pareja de agentes de la T.I.A. –un trasunto español de la parodia de la vida burocrática y los servicios secretos– acabaría por convertirse en algo más que unos personajes simpáticos, en una verdadera institución nacional.

Durante más de seis décadas, Mortadelo y Filemón han hecho reír a generación tras generación. Ibáñez, con su estilo ágil, su ritmo de trabajo inquebrantable y su inagotable inventiva, publicó miles de páginas y álbumes, acumulando cifras de vértigo: más de 150 millones de ejemplares vendidos y publicaciones en más de una docena de idiomas como alemán, francés, italiano, inglés, sueco, portugués o catalán. Su humor absurdo, sus juegos de palabras, el enredo constante y su dominio del gag visual han traspasado fronteras y modas, situándolo a la altura de los grandes maestros del noveno arte.

Ibáñez no fue solo el “padre” de Mortadelo y Filemón: su imaginación desbordó el papel con personajes igualmente entrañables y carismáticos como Rompetechos, 13, Rue del Percebe, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio. Cada serie abordaba, desde la parodia y la crítica, los defectos y virtudes del español medio, de las familias a los oficios, de los barrios a las oficinas. En sus historias, los lectores reconocían no solo los lugares comunes del día a día, sino una mirada comprensiva, cómplice y, a la vez, desencantada de la vida cotidiana.

A diferencia de otros autores que se limitaron a repetir fórmulas de éxito, Ibáñez supo evolucionar. Sus personajes, mientras pasaban de la dictadura a la democracia y sorteaban las múltiples crisis de la España contemporánea, nunca perdieron frescura ni actualidad. La censura, la burocracia y las contradicciones sociales formaron parte del combustible de su humor, que siempre rozó los límites con elegancia e inteligencia, convirtiéndolo, además de en un genio del entretenimiento, en un sutil cronista de su tiempo.

El reconocimiento institucional tampoco le fue ajeno: fue galardonado con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, entre otros muchos. Sin embargo, pese a decenas de campañas populares y el cariño masivo de sus lectores, nunca recibió el Premio Princesa de Asturias, una injusticia que, para muchos, persiste todavía como una mancha sobre el palmarés de los grandes premios culturales en España. No hay debate: pocos han llegado tan lejos, ni han hecho reír y pensar a tanta gente como Francisco Ibáñez.

Si algo caracterizó al autor fue su humildad y cercanía. Lejos de la pose intelectual, siempre atendía a sus seguidores con una sonrisa y conservó, hasta sus últimos días, la ilusión infantil de quien disfruta dibujando y haciendo reír.

Hoy, cada vez que abrimos un tebeo suyo, encontramos mucho más que el eco de una risa fácil: hallamos la mezcla de talento, trabajo y humanidad que hizo de Ibáñez un creador imprescindible. Sus personajes viven, exageran, pelean y tropiezan para enseñarnos, como él mismo lo hizo, que tomarnos la vida un poco menos en serio es, quizás, el mejor remedio ante el absurdo cotidiano.

Francisco Ibáñez nos lega un universo donde el humor es resistencia, y la imaginación, una forma luminosa de entender la realidad. Su herencia es compartida: tantos millones de lectores que hoy, más que nunca, siguen buscando en las páginas de sus historias una carcajada, una enseñanza o, simplemente, el calor amable de alguien que supo comprendernos a todos desde el dibujo y el humor.

Paco Encinar


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