Monstruo: La historia de Ed Gein – Crónica de una mente perversa y el nacimiento del terror moderno

El estreno de “Monstruo: La historia de Ed Gein” en Netflix irrumpe con fuerza en la cartelera de otoño y vuelve a sacudir el género del true crime en pantalla. La nueva apuesta de Ryan Murphy e Ian Brennan, tercera entrega de su antología criminal, pone el foco en uno de los nombres más inquietantes de la crónica negra estadounidense: Ed Gein, el llamado “carnicero de Plainfield”. El relato arranca en la América rural de los años cincuenta, entre campos de trigo castigados por el frío y una comunidad sacudida por rumores y miedos que pronto se demostrarán fundados. Cuando la policía entra en la granja de Gein en 1957, lo que encuentra supera toda posible expectativa: cadáveres exhumados, objetos confeccionados con piel y huesos y un ambiente aterrador. Las evidencias de una locura inimaginable dan la vuelta al país y, en cuestión de semanas, el nombre de Gein traspasa los límites locales para convertirse en el germen de una leyenda universal, origen de los monstruos que han recorrido la cultura pop durante décadas.

Desde el primer episodio, la serie escapa del morbo fácil y busca sumergir al espectador en la psicología de su protagonista. Charlie Hunnam interpreta a Ed Gein desde la contención, un acierto del casting que rompe con la imagen desquiciada habitual y explora la fragilidad de un hombre atrapado entre la represión, el aislamiento y la fantasía morbosa. Pero la verdadera protagonista es Augusta Gein, su madre, interpretada por Laurie Metcalf con un magnetismo inquietante. La relación materno-filial se narra casi como una tragedia griega, emponzoñada por el fanatismo religioso y el control absoluto, hasta el punto de convertir a Ed en el receptáculo de traumas que acaban cristalizando en violencia. La cámara se detiene en los pequeños detalles de la vida cotidiana: la mesa compartida, los rezos, el frío de la casa familiar y las miradas perdidas de Gein que anticipan el desastre. Cada plano reconstruye la atmósfera claustrofóbica donde crece el monstruo, más fruto de la incomunicación y de la herencia psicológica que de una maldad innata.

La serie no se limita a la narración cronológica de los hechos. Murphy imprime su sello a través de un guion que alterna escenas brutales con introspecciones cargadas de simbolismo. El espectador asiste al progresivo descenso de Gein hacia sus obsesiones: la muerte de Augusta, el dolor de la soledad, la simbiosis entre la vida y la muerte que lo lleva a profanar tumbas y construir un altar a la madre perdida. Las escenas que retratan la profanación de los cuerpos son tan incómodas como sugestivas, construyendo un diálogo permanente con el espectador: ¿quién es el verdadero responsable de la monstruosidad, el individuo, su entorno o la propia sociedad que lo margina y lo teme? La pregunta flota durante toda la temporada y halla eco en las interpretaciones secundarias, como la del sheriff local o la de los escasos amigos de juventud de Gein, testigos impotentes de una transformación irreversible.

El peso cultural de Ed Gein desborda el campo policial. La serie lo sabe y lo utiliza: no es casual que figuras como Alfred Hitchcock o referencias a guionistas de Hollywood aparezcan en la trama. En los años siguientes al caso, la historia de Gein sirve de matriz para villanos emblemáticos: Norman Bates, Leatherface y Buffalo Bill. “Monstruo: La historia de Ed Gein” dedica numerosos guiños a este legado, mostrando cómo el horror real se convierte en ficción y cómo la memoria de un crimen se recicla en el imaginario colectivo. La frontera entre realidad y mito se va borrando, y el espectador se ve interpelado no solo por lo que ocurre en pantalla, sino por la forma en que esos crímenes han modelado la identidad cultural estadounidense y la forma en que el miedo se consume y comparte.

Resulta imposible hablar de la serie sin abordar la controversia que ha suscitado. Como ocurrió con la entrega dedicada a Dahmer, voces críticas señalan que Netflix y Murphy corren el riesgo de trivializar el dolor de las víctimas y glamurizar al asesino. El enfoque sobre Gein, sumado a la elección de un actor atractivo y carismático como Hunnam, alimenta el debate sobre la ética del true crime: ¿dónde termina la voluntad de comprender y empieza la fascinación malsana por el monstruo? El marketing de la serie apenas menciona a Bernice Worden y Mary Hogan, centrándose en el asesino y relegando a las víctimas al silencio. Esta omisión cobra especial relevancia en una era donde las historias reales pueden viralizarse a costa del sufrimiento ajeno y obliga a plantear una reflexión colectiva sobre el papel de los relatos criminales en el entretenimiento contemporáneo.

Desde el punto de vista estético, la serie despliega una reconstrucción de época impecable. El vestuario, la ambientación rural, la psicología de los secundarios, todo contribuye a sumergirnos en la América profunda de posguerra, un mundo donde las apariencias se imponen ante todo y los secretos se esconden bajo hielo y silencio. La fotografía fría acompaña la transformación de Gein, y la dirección evita la sangre fácil para apostar por el terror atmosférico y la inquietud subterránea. A destacar, también, la aportación de Laurie Metcalf, cuyo trabajo trasciende el estereotipo de la madre tiránica y crea un personaje complejo y fatal, tan culpable y víctima como el propio Ed, según sugiere la serie en sus pasajes más ambiguos.

La intensidad no decae en ninguno de sus ocho episodios, los más cortos de la franquicia hasta ahora, pero también los más densos. La estructura dosifica el horror y la reflexión, permitiendo que el espectador acompañe a Gein por el camino del aislamiento hasta la locura. La huella de la muerte materna lo acompaña en cada una de sus transgresiones y, cuando finalmente es descubierto, el relato opta por mostrar no el espectáculo del arresto, sino el vacío posterior: la comunidad en shock, las miradas de los vecinos, la imposibilidad de reconciliar lo imaginado con la monstruosidad real. El juicio apenas ocupa espacio en la narrativa: la pregunta que importa no es la condena, sino el modo en que una historia así puede ocurrir y repetirse en la periferia del sueño americano.

Quizá, el mayor logro de la serie reside en su capacidad para señalar que la verdadera fascinación por Gein no radica en lo atroz de sus crímenes, sino en la manera en que sirve de espejo para una sociedad obsesionada con la figura del monstruo. El éxito de la antología Monster, desde Dahmer hasta Gein, confirma que el público no solo quiere entender el mal, sino también apropiarse de él y clasificarlo como parte de su herencia cultural. El relato de Netflix funciona así en dos niveles: como reconstrucción puntual de unos hechos históricos y como comentario sobre nuestra apetencia insaciable por los relatos de horror real.

“Monstruo: La historia de Ed Gein” reinventa el true crime mediante una narración literaria y visual de primer nivel, sin caer en el sensacionalismo ni en la morbosidad gratuita. La serie invita tanto a la reflexión como al sobrecogimiento, y se posiciona como uno de los grandes títulos de la temporada, indispensable para críticos, aficionados al terror y devotos de la cultura pop. Al terminar el último episodio, lo que permanece no es solo la imagen del criminal, sino el eco incómodo de la pregunta que nunca termina de contestarse: ¿qué monstruos alimenta nuestra cultura y por qué seguimos necesitando sus historias?

Paco Encinar


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