
Treinta años después de que un teléfono sonara en una casa de Woodsboro y una pregunta aparentemente inocente —“¿Cuál es tu película de terror favorita?”— cambiara para siempre el género slasher, Scream vuelve a levantar el cuchillo con una séptima entrega que no solo busca asustar, sino también dialogar con su propio legado. Scream 7 no llega como una secuela más, sino como un acontecimiento cargado de simbolismo, expectativas y cicatrices, tanto dentro como fuera de la pantalla. En un panorama cinematográfico saturado de reboots y nostalgia reciclada, la saga creada por Wes Craven y Kevin Williamson se enfrenta a uno de sus mayores desafíos: demostrar que todavía tiene algo nuevo que decir sin traicionar aquello que la convirtió en un clásico.
La figura de Sidney Prescott vuelve a ocupar el centro del relato, y no es un regreso menor. Tras su ausencia en la sexta película, Neve Campbell retoma el papel que la convirtió en icono del terror moderno. Pero la Sidney de Scream 7 no es la joven perseguida de los noventa ni la superviviente curtida de las secuelas; es una mujer que ha construido una vida lejos del horror, una madre que creyó haber dejado atrás el trauma y que ahora descubre que el pasado no se entierra tan fácilmente. Ghostface, siempre perverso y siempre consciente de las reglas del género, parece haber entendido que la forma más cruel de volver no es repetir viejos trucos, sino atacar donde más duele: la familia. La amenaza ya no se limita a la protagonista; se proyecta sobre su hija, y con ello el terror adquiere una dimensión íntima, casi doméstica, que redefine el conflicto central de la saga.
Este giro narrativo no es casual. Scream 7 llega en un momento de revisión generacional, tanto dentro del universo ficticio como en el mundo real. Los espectadores que crecieron con la trilogía original hoy son adultos, muchos de ellos padres, y la película parece consciente de ello. El miedo ya no reside solo en morir joven, sino en no poder proteger a quienes amas. La saga, siempre experta en leer su tiempo, adapta sus códigos a una audiencia que ha cambiado, sin abandonar su ADN meta y autorreferencial. Porque si algo ha definido siempre a Scream es su capacidad para hablar del cine de terror mientras lo practica, para burlarse de sus reglas al mismo tiempo que las utiliza con precisión quirúrgica.
Detrás de las cámaras, el regreso de Kevin Williamson como director refuerza la sensación de círculo que se cierra —o que quizá vuelve a abrirse con más fuerza. Williamson, guionista de la película original, retoma el control creativo en una franquicia que, tras la muerte de Wes Craven y el relevo generacional de directores, parecía buscar un nuevo equilibrio. Su implicación no es solo un gesto nostálgico, sino una declaración de intenciones: Scream 7 quiere reconectar con el espíritu fundacional de la saga, ese equilibrio tan difícil entre terror, humor negro y comentario cultural. No se trata de imitar el pasado, sino de reinterpretarlo desde la experiencia acumulada.
El reparto refleja esta misma idea de continuidad y renovación. Junto a los rostros históricos como Courteney Cox en el papel de Gale Weathers —periodista incansable, testigo incómodo y superviviente crónica— conviven personajes de las entregas más recientes y nuevas incorporaciones que amplían el universo narrativo. La saga siempre ha entendido que cada nueva película es, en el fondo, una historia sobre quién hereda el trauma y quién paga el precio de estar cerca de él. En ese sentido, Scream 7 parece especialmente interesada en explorar el concepto de legado: qué significa haber sobrevivido, qué se transmite a la siguiente generación y si es posible romper el ciclo de violencia o si, por el contrario, está condenado a repetirse con nuevas máscaras.
Todo esto ocurre, además, bajo la sombra de una producción marcada por la controversia. Las salidas de actrices clave y las tensiones públicas en torno al proyecto han convertido a Scream 7 en una película observada con lupa, analizada no solo por lo que cuenta, sino por lo que representa. Para algunos fans, es una traición; para otros, una oportunidad de reinvención. Lo cierto es que esta tensión entre expectativas, decepciones y esperanza forma parte del propio ADN de la saga. Scream siempre ha sido una franquicia consciente de su audiencia, de sus debates internos, de sus contradicciones. En cierto modo, el ruido externo no hace sino reforzar su carácter meta: la película existe en diálogo constante con quienes la miran, la juzgan y la discuten.
En el plano estético y tonal, los avances y materiales promocionales sugieren una apuesta por un terror más sobrio y emocionalmente cargado, sin renunciar al juego con los clichés. Ghostface sigue siendo reconocible, pero su presencia parece más amenazante, menos juguetona, como si la saga hubiera decidido madurar junto a sus personajes. Hay una sensación de cierre latente, aunque nunca explícita. Scream 7 se mueve en ese terreno ambiguo donde cada escena podría ser una despedida o el inicio de algo nuevo. Y esa ambigüedad, lejos de ser un defecto, es una de sus mayores virtudes.
Al final, Scream 7 no es solo una película de terror; es un comentario sobre el paso del tiempo, sobre la memoria colectiva y sobre la imposibilidad de escapar por completo de las historias que nos definen. Sidney Prescott vuelve a correr, a esconderse y a enfrentarse al asesino, pero también vuelve a mirar atrás, a preguntarse si sobrevivir fue suficiente o si el verdadero precio del horror se paga a largo plazo. Ghostface, por su parte, sigue siendo el espejo deformado de una sociedad obsesionada con la violencia, el espectáculo y la repetición, un recordatorio de que el miedo cambia de forma, pero nunca desaparece.
Cuando Scream 7 llegue a los cines, no solo se evaluará si da miedo o si respeta las reglas del slasher. Se juzgará si ha sabido entender por qué Scream sigue importando treinta años después. Si logra equilibrar respeto y riesgo, memoria y evolución, puede convertirse no solo en una secuela digna, sino en una pieza clave dentro del legado de la saga. Y quizá, una vez más, el teléfono vuelva a sonar para recordarnos que, en el cine de terror, nadie está realmente a salvo… ni siquiera los clásicos.
Paco Encinar