Evita cumple 30 años: cuando Madonna desafió a la Argentina y al mito

En enero de 1996, una mujer rubia, pequeña, vestida de oscuro y rodeada de guardaespaldas, bajó de un avión en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. No era una jefa de Estado ni una estrella de cine tradicional. Era Madonna Louise Ciccone, la mayor popstar del planeta, y acababa de aterrizar en Argentina para interpretar a Eva Perón. Desde ese instante —mucho antes de que la película se estrenara— Evita ya era un fenómeno cultural, político y emocional. Treinta años después, aquel rodaje sigue siendo una herida abierta, un recuerdo incómodo y, al mismo tiempo, una postal fascinante del choque entre Hollywood y la memoria argentina.

El mito antes de la película

Eva Duarte de Perón no es solo un personaje histórico. En Argentina, Evita es un símbolo que despierta devoción, rechazo, pasión y disputa. Es santa popular para algunos; oportunista para otros; bandera política, ícono feminista, mártir, traidora, milagro. Su imagen forma parte del ADN visual del país.

Por eso, cuando se anunció que Madonna protagonizaría la adaptación cinematográfica del musical Evita, compuesto por Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, la reacción fue inmediata y visceral. No importaba que el musical llevara casi dos décadas triunfando en Broadway y el West End. No importaba que la historia ya estuviera filtrada por una mirada británica. Para muchos argentinos, Evita no podía ser cantada en inglés ni interpretada por una artista asociada al escándalo sexual, la provocación religiosa y el pop global.

Madonna, por su parte, entendió desde el inicio que no estaba aceptando un papel más. Estaba entrando en un territorio simbólico minado.

Protestas, pintadas y cartas al presidente

El rechazo fue público, ruidoso y a veces hostil. Antes incluso de que comenzara el rodaje, aparecieron pintadas en Buenos Aires con mensajes como “Madonna go home”. Sectores del peronismo, sindicatos y organizaciones políticas denunciaron una “profanación cultural”. Hubo amenazas, llamados a boicotear la filmación y una fuerte presión para impedir que el equipo accediera a espacios emblemáticos.

El punto más sensible era la Casa Rosada. El balcón desde el cual Eva Perón habló a las multitudes no era un decorado más: era casi un altar cívico. Que una actriz extranjera cantara allí Don’t Cry for Me Argentina parecía, para muchos, una blasfemia.

Madonna escribió entonces una carta personal al presidente Carlos Menem. En ella pedía permiso, respeto y comprensión. No hablaba como diva, sino como actriz comprometida con su trabajo. Finalmente, el gobierno autorizó la filmación, aunque con restricciones y bajo una vigilancia extrema.

El día del rodaje, en marzo de 1996, la Plaza de Mayo se llenó de curiosos, manifestantes y periodistas. Cuando Madonna salió al balcón, vestida de blanco, y comenzó a cantar, ocurrió algo inesperado: el silencio. Incluso muchos de sus detractores reconocieron después que, por un instante, la escena tuvo una fuerza difícil de negar.

Madonna vs. Evita

Parte del conflicto residía en la figura de Madonna misma. Para los argentinos, Eva Perón había sido pobre, frágil, enferma, sacrificada. Madonna era poderosa, multimillonaria, sexualmente libre, dueña absoluta de su imagen. ¿Cómo podía esa mujer encarnar a la “abanderada de los humildes”?

Pero Madonna no intentó imitar a Evita como caricatura ni suavizar su propia personalidad. Estudió discursos, fotografías, grabaciones. Adelgazó, tomó clases de canto lírico, trabajó el acento, la postura, la rigidez corporal. Su interpretación no buscaba agradar, sino imponerse.

Treinta años después, esa elección sigue dividiendo opiniones. Para algunos críticos, Madonna humanizó a Eva Perón y la sacó del bronce. Para otros, nunca logró borrar la sensación de artificio, de estrella interpretando a un mito que no le pertenecía.

Un rodaje argentino, una película global

Más allá de la polémica, Evita fue una superproducción sin precedentes en la Argentina de los años noventa. El equipo se movió entre Buenos Aires, Budapest y estudios europeos. Participaron cientos de extras locales, técnicos argentinos y bailarines que aún hoy recuerdan el rodaje como una experiencia tan caótica como inolvidable.

El film recreó funerales multitudinarios, actos políticos y escenas íntimas con una estética operística, exagerada, deliberadamente teatral. Antonio Banderas, como Che, funcionaba como narrador y conciencia crítica. Jonathan Pryce componía un Juan Domingo Perón más distante que el del imaginario popular argentino.

La película no buscaba realismo histórico, sino emoción y espectáculo. Ese fue, quizá, su mayor malentendido con el público local.

El estreno y la consagración internacional

Evita se estrenó de forma limitada el 25 de diciembre de 1996 en Estados Unidos y se expandió en enero de 1997. La recepción fue desigual, pero potente. Madonna ganó el Globo de Oro a Mejor Actriz en comedia o musical, un reconocimiento que ella misma describió como uno de los más importantes de su carrera.

La canción original You Must Love Me ganó el Oscar, consolidando el prestigio del proyecto en la industria. Para el mundo, Evita era un musical ambicioso, elegante, emotivo. Para Argentina, seguía siendo una obra incómoda, difícil de abrazar sin reservas.

Treinta años después: ¿qué queda de Evita?

En 2026, al cumplirse treinta años del rodaje y del estreno, Evita vuelve a circular. Medios argentinos revisitan las protestas, las anécdotas, las heridas. En Estados Unidos y Europa, algunos cines programan funciones especiales por el aniversario. En plataformas de streaming, la película reaparece como “clásico moderno”.

La distancia temporal permite otra mirada. Ya no se discute si Madonna “merecía” el papel. La pregunta ahora es qué nos dice Evita sobre la globalización cultural, sobre cómo los mitos nacionales se transforman cuando son contados desde afuera.

La película no reemplazó a Eva Perón en el imaginario argentino, ni lo pretendía. Lo que hizo fue agregar una capa más al mito: una Evita cantada en inglés, filmada con grúas y reflectores, interpretada por una mujer que también entendía el poder de la imagen y la adoración de las masas.

Una herida que también es espejo

Quizás por eso Evita sigue incomodando. Porque obliga a preguntarse quién tiene derecho a contar una historia. Porque expone el choque entre identidad local y cultura global. Porque recuerda que los mitos, incluso los más sagrados, nunca son estáticos.

Treinta años después, la imagen de Madonna en el balcón de la Casa Rosada ya no provoca protestas, pero tampoco indiferencia. Sigue siendo una escena cargada de tensión, belleza y contradicción. Como la propia Eva Perón. Como la Argentina misma.

Evita no es una película amada unánimemente, ni falta que hace. Su verdadero legado es haber demostrado que los mitos sobreviven incluso cuando se los discute, se los canta en otro idioma o se los mira con desconfianza. Y que, a veces, el mayor homenaje no es la fidelidad absoluta, sino la capacidad de seguir generando debate treinta años después.

Paco Encinar


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