El Goya Internacional para Susan Sarandon, la indómita de Hollywood

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La noticia llegó como llegan las buenas noticias que no sorprenden, pero reconcilian: Susan Sarandon recibirá el Goya Internacional. No es un premio por una película concreta ni por una moda pasajera, sino por algo mucho más difícil de sostener en el tiempo: una trayectoria larga, incómoda, valiente y profundamente personal. La Academia de Cine española habla de una “filmografía extraordinaria” y de su “compromiso social”. Dicho de otra forma: se premia a una actriz que nunca se conformó con ser solo actriz.

Este Goya no llega tarde ni pronto. Llega cuando su figura puede mirarse con perspectiva, sin el ruido de la actualidad inmediata, y entenderse como lo que es: la historia de una mujer que convirtió cada etapa de su vida en una ampliación de su libertad.

Una estrella que nunca quiso serlo del todo

Susan Sarandon nació en 1946, en Nueva York, en una familia numerosa, católica y bastante alejada del brillo de Hollywood. No soñaba con alfombras rojas ni con convertirse en icono generacional. Estudió teatro casi por accidente y llegó al cine también por una mezcla de curiosidad y azar. Quizá por eso, desde el principio, su carrera estuvo marcada por una extraña independencia: nunca pareció necesitar la aprobación del sistema que, sin embargo, terminó rindiéndose a ella.

Sus primeros papeles no la colocaron inmediatamente en el centro del mapa. Durante los años setenta fue una actriz que trabajaba mucho, pero sin el estatus de “estrella”. Y, sin embargo, ahí ya estaba el germen de todo lo que vendría después: una presencia distinta, una forma de estar en pantalla que combinaba vulnerabilidad, ironía y una sensualidad nada complaciente.

El culto, lo extraño y lo inesperado

En 1975 ocurrió algo que marcaría su relación con el público para siempre: The Rocky Horror Picture Show. Una película inicialmente incomprendida, destinada a convertirse en un fenómeno cultural sin precedentes. Sarandon, como Janet Weiss, quedó asociada para siempre a ese universo transgresor, sexualmente libre, exagerado y camp. Lo interesante es que ella nunca renegó de ese papel, algo poco habitual en intérpretes que buscan “prestigio”.

Al contrario: entendió muy pronto que el cine popular, incluso el más excéntrico, también podía ser un espacio de libertad. Esa mirada —no jerárquica, no elitista— explica buena parte de su filmografía posterior.

El reconocimiento crítico: cuando todo encaja

Los años ochenta fueron decisivos. Atlantic City (1980) la colocó definitivamente en el radar de la crítica internacional. Su personaje, lleno de deseo, frustración y ambición silenciosa, mostraba una complejidad femenina poco habitual para la época. Llegaron las nominaciones, los premios, el respeto de la industria.

Pero Sarandon nunca utilizó ese reconocimiento como un billete de entrada a papeles cómodos. Cada vez que Hollywood parecía ofrecerle un camino claro, ella tomaba una desviación. Alternó cine de autor con producciones comerciales, personajes secundarios con protagonistas incómodas, historias románticas con relatos políticos.

Thelma & Louise: un antes y un después

En 1991 llegó Thelma & Louise. No solo fue un éxito; fue un terremoto cultural. La película redefinió el imaginario femenino en el cine mainstream y Sarandon, junto a Geena Davis, se convirtió en símbolo de una rebelión sin consignas explícitas. Su Louise era dura, irónica, herida y ferozmente leal. No pedía perdón. No explicaba demasiado. Simplemente avanzaba.

Ese papel marcó a toda una generación y consolidó algo que ya era evidente: Susan Sarandon no interpretaba mujeres “agradables”, sino mujeres completas. Con contradicciones, con rabia, con deseo propio.

El Oscar y la madurez sin concesiones

El Oscar llegó en 1996 por Dead Man Walking. Un premio que reconocía no solo una actuación magistral, sino también una elección valiente. La película abordaba la pena de muerte desde una mirada humana y profundamente incómoda. Sarandon interpretaba a una monja que acompañaba a un condenado en sus últimos días. Nada de sentimentalismo fácil. Nada de heroísmo impostado.

Ese Oscar no la transformó en una actriz acomodada. Al contrario: lo utilizó como plataforma para seguir eligiendo historias que le importaban, incluso cuando no garantizaban éxito comercial.

Envejecer sin pedir disculpas

Una de las razones por las que el Goya Internacional tiene tanto sentido es que Sarandon ha desafiado, de forma casi militante, el edadismo en la industria. Mientras muchas actrices desaparecían de los papeles protagonistas al cumplir cierta edad, ella seguía trabajando, produciendo y ocupando espacio público.

No intentó disimular el paso del tiempo ni reinventarse como caricatura de sí misma. Aceptó la madurez como una nueva etapa creativa. En comedias, dramas, series de televisión o cine independiente, su presencia seguía siendo reconocible y, al mismo tiempo, sorprendente.

Activismo sin estrategia de marketing

Si hay algo que distingue a Susan Sarandon de muchas figuras públicas es que su activismo nunca pareció diseñado por un departamento de comunicación. Ha apoyado causas políticas y sociales durante décadas, incluso cuando eso le costó críticas, pérdida de contratos o ataques mediáticos.

No es una activista “cómoda”. No mide siempre las consecuencias. Y, precisamente por eso, su compromiso resulta creíble. No se trata de estar del lado correcto de la historia, sino de asumir el riesgo de equivocarse públicamente.

Una carrera hecha de decisiones

Mirar hoy la trayectoria de Susan Sarandon es observar una carrera construida a base de decisiones, no de inercia. Decisiones artísticas, personales y políticas. Algunas fueron aplaudidas, otras discutidas, pero todas coherentes con una idea muy clara de libertad.

El Goya Internacional no premia una filmografía perfecta ni una carrera sin sombras. Premia algo mucho más interesante: una vida profesional vivida sin pedir permiso.

Epílogo: por qué importa este premio

Que la Academia española le otorgue este reconocimiento no es solo un gesto hacia una gran actriz internacional. Es también una declaración de valores. Significa celebrar el riesgo, la coherencia, la incomodidad y la longevidad creativa. Significa recordar que el cine no avanza solo con nuevas caras, sino también con miradas que se niegan a desaparecer.

Susan Sarandon no es solo parte de la historia del cine. Es parte de su conciencia. Y por eso este Goya no es un punto final, sino una coma larga, abierta, como toda buena historia que todavía tiene cosas que decir.

Paco Encinar


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