
Por qué la película de Scorsese sigue siendo un espejo incómodo medio siglo después
En 1976, cuando Taxi Driver llegó a los cines, Estados Unidos estaba todavía intentando recomponerse de la resaca de Vietnam, del escándalo Watergate y de una sensación colectiva de fracaso moral. Nueva York era percibida como una ciudad al borde del colapso: crimen, basura, prostitución, heroína, crisis económica y una sensación constante de inseguridad. En ese caldo social apareció una película que no pretendía consolar a nadie. Todo lo contrario: obligaba al espectador a mirar directamente a la oscuridad.
Cincuenta años después, Taxi Driver sigue resultando incómoda. Y quizá ahí resida su grandeza. No envejeció como una película nostálgica ni como un clásico amable; envejeció como una herida que no termina de cerrar.
Aprovechando su 50º aniversario, merece la pena volver a ella no solo como obra maestra del cine moderno, sino como fenómeno cultural que redefinió lo que podía ser un protagonista, cómo podía mostrarse la violencia y hasta qué punto el cine podía obligarnos a convivir con un personaje profundamente perturbador.
Porque Travis Bickle no es un héroe. Y, sin embargo, el cine lo convirtió en icono.
El nacimiento de Travis Bickle: un personaje nacido de la crisis
El origen de la película está en el guion de Paul Schrader, escrito en un momento personal muy oscuro. Recién divorciado, sin dinero, viviendo en su coche y sumido en una depresión severa, Schrader se sentía completamente desconectado del mundo. Él mismo ha contado que se reconocía en esa figura del hombre que conduce sin rumbo durante la noche, incapaz de dormir, incapaz de encajar.
De ahí nace Travis Bickle: un exmarine insomne, aislado, sin habilidades sociales, incapaz de relacionarse con normalidad y obsesionado con la suciedad moral que cree ver a su alrededor.
Cuando Martin Scorsese leyó el guion, entendió inmediatamente que ahí había algo especial. No era un thriller, ni un drama clásico. Era una película sobre la soledad, sobre la alienación urbana y sobre la mente de un hombre que lentamente se desmorona.
El proyecto consiguió financiación de forma relativamente modesta, y nadie imaginaba que terminaría siendo una de las películas más influyentes del siglo XX.
Nueva York como personaje: la ciudad enferma
Una de las claves de Taxi Driver es su ambientación. La ciudad no es un simple escenario: es un organismo vivo, sudoroso, amenazante.
El director de fotografía Michael Chapman filmó una Nueva York nocturna llena de vapor, luces de neón y calles mojadas que parecían sacadas de una pesadilla. Times Square era entonces un territorio plagado de cines porno, prostitución y tráfico de drogas. No había glamour. Había decadencia.
Scorsese decidió rodar muchas escenas en localizaciones reales, capturando el ruido y la suciedad auténtica de la ciudad. Los reflejos en el parabrisas, las luces rojas y amarillas, el humo saliendo de las alcantarillas… todo contribuye a la sensación de que Travis conduce por el interior de un infierno urbano.
La ciudad que vemos es la que Travis percibe: un lugar que necesita ser limpiado.
Y ahí comienza el peligro.
Robert De Niro: la construcción de un monstruo cotidiano
Si Taxi Driver funciona, en gran parte es por Robert De Niro. Su interpretación es tan contenida como inquietante.
Para preparar el papel, De Niro obtuvo una licencia real de taxista y trabajó varias semanas conduciendo por Nueva York. Escuchaba a los pasajeros, observaba comportamientos, absorbía la atmósfera nocturna. Incluso rodando Novecento en Europa regresó brevemente a Nueva York para seguir conduciendo y no perder el contacto con el personaje.
Su Travis Bickle no es un villano evidente. Es callado, educado incluso, pero profundamente desconectado. Cuando intenta cortejar a Betsy, interpretada por Cybill Shepherd, vemos su incapacidad para comprender las normas sociales más básicas.
La famosa escena del cine porno, donde lleva a su cita creyendo que es una actividad normal, no pretende ser cómica: muestra hasta qué punto vive fuera de la realidad común.
La explosión final de violencia, por tanto, no surge de repente. Es la culminación de un proceso que la película ha ido construyendo con paciencia quirúrgica.
“You talkin’ to me?”: el momento que nadie esperaba
La escena más famosa de la película ni siquiera estaba en el guion.
Scorsese pidió a De Niro que improvisara frente al espejo mientras Travis ensayaba un enfrentamiento imaginario. De ahí salió el mítico: “You talkin’ to me?”
Lo curioso es que la escena no estaba pensada como momento icónico. Sin embargo, capturaba perfectamente la psicología del personaje: un hombre solo, fantaseando con su propia violencia, intentando convencerse de que tiene un propósito.
Hoy es una de las frases más citadas de la historia del cine. Pero en realidad es un momento profundamente triste: un hombre ensayando cómo existir.
Jodie Foster y la polémica inevitable
Otro elemento crucial fue la presencia de Jodie Foster como Iris, la prostituta adolescente que Travis intenta “rescatar”.
Foster tenía solo 12 años durante el rodaje, lo que generó controversia ya entonces. Muchas de las escenas más delicadas se resolvieron con dobles y con una enorme supervisión, pero la polémica nunca desapareció del todo.
Sin embargo, su interpretación aporta una humanidad inesperada. Iris no aparece como simple víctima; tiene personalidad, humor, contradicciones. No quiere necesariamente ser salvada. Y eso complica la fantasía heroica de Travis.
La película cuestiona continuamente la idea del salvador.
Cannes, escándalo y consagración
Cuando Taxi Driver se presentó en el Festival de Cannes de 1976, la reacción fue intensa. Algunos críticos la consideraron excesivamente violenta. Otros la calificaron de obra maestra inmediata.
Ganó la Palma de Oro.
El éxito internacional confirmó que Scorsese no era solo un talento emergente, sino una de las voces fundamentales del nuevo cine estadounidense, junto a Coppola, Spielberg o Lucas.
Pero el impacto cultural de la película no terminó ahí.
Violencia, controversia y consecuencias inesperadas
Con los años, la película quedó ligada a episodios oscuros de la vida real. El caso más conocido es el intento de asesinato del presidente Ronald Reagan en 1981 por parte de John Hinckley Jr., quien declaró estar obsesionado con Jodie Foster y haber tomado inspiración de la película.
Aquello reabrió el debate sobre si el cine podía influir en la violencia real. Scorsese y Schrader siempre defendieron que la película no glorifica la violencia, sino que muestra sus consecuencias y su absurdo.
Aun así, la incomodidad permanece. Y quizá eso es precisamente lo que hace que la película siga siendo relevante.
Un antihéroe convertido en icono
Uno de los aspectos más fascinantes de Taxi Driver es cómo el público ha reinterpretado a Travis Bickle con el paso del tiempo.
La película termina con Travis convertido en una especie de héroe mediático tras el baño de sangre final. Pero Scorsese deja claro que no hay redención real. El personaje sigue siendo el mismo hombre inestable que al principio.
La última mirada en el retrovisor sugiere que todo puede volver a ocurrir.
Sin embargo, la cultura popular transformó a Travis en figura de culto: la chaqueta militar, el corte de pelo mohicano, la frase del espejo. Elementos que en la película representan alienación y violencia terminaron convertidos en iconos pop.
Una ironía que la propia película ya anticipaba.
¿Por qué sigue siendo actual 50 años después?
Porque el aislamiento que muestra no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma.
Hoy hablamos de soledad digital, de radicalización online, de individuos desconectados que encuentran sentido en ideologías extremas o fantasías violentas. Travis Bickle podría existir perfectamente en la actualidad, solo que en lugar de conducir un taxi navegaría por foros y redes sociales durante noches interminables.
La pregunta que lanza la película sigue abierta: ¿qué ocurre cuando alguien siente que no pertenece a ningún lugar?
Medio siglo después: una película imposible de domesticar
A diferencia de otros clásicos, Taxi Driver nunca se volvió cómoda. No se convirtió en una película “de fondo”. Sigue obligando al espectador a enfrentarse a emociones desagradables.
El 50º aniversario ha traído restauraciones en 4K, reestrenos y ciclos de homenaje en todo el mundo. Pero más allá de la celebración, la película sigue siendo un recordatorio de que el cine puede ser algo más que entretenimiento: puede ser una mirada directa a nuestras zonas más oscuras.
Y quizá por eso sigue viva.
Porque Travis Bickle sigue conduciendo por la noche.
Y, en el fondo, todos reconocemos algo inquietante en ese viaje.
Paco Encinar