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KINESTUBE CINE

  • ‘Sirat’ de Oliver Laxe: El trance del desierto español rumbo al Oscar

    septiembre 20th, 2025

    En el universo del cine español contemporáneo, pocas trayectorias resultan tan apasionantes como la de Oliver Laxe, un director capaz de transformar los paisajes ásperos del mundo en escenarios de exploración espiritual y cinematográfica. Su nueva película, «Sirat», no solo ha conseguido el honor de representar a España en la 98ª edición de los premios Oscar, sino que ha iniciado su propia travesía: la de conmover, desafiar y redefinir lo que esperamos del gran cine de autor europeo.

    La trama arranca a fuego lento pero con electricidad visual. Un hombre (Sergi López) y su hijo pequeño (Bruno Núñez) aterrizan en una rave perdida en las montañas del sur de Marruecos. Su misión: encontrar a Mar, hija y hermana de los protagonistas, desaparecida meses atrás en una fiesta sin amanecer. Convertidos en forasteros dentro de un microcosmos gobernado por la música electrónica y la libertad radical, ambos reparten una y otra vez la foto de la joven desaparecida mientras navegan el caos y la esperanza en una atmósfera tan vibrante como peligrosa.

    Laxe despliega sus cartas sin cortapisas. Desde ese primer e hipnótico plano —una rave clausurada violentamente por soldados y una imagen láser proyectada en la escarpadura del monte—, el espectador recibe una advertencia: está a punto de cruzar, junto a los protagonistas, un puente entre el paraíso y el infierno. La sinestesia de Mauro Herce, director de fotografía, inunda la pantalla de una belleza abrasiva, jugando con luces, arena y cuerpos desgastados, guiando al clan de inadaptados hacia un abismo que es tanto físico como metafórico.

    La película alterna con destreza los códigos del drama familiar y la road movie, pero su verdadero poder de conmoción reside en la negociación con el western. Si en los primeros compases se entrevé una relectura mítica de «Centauros del desierto», el relato desemboca pronto en el territorio de la brutalidad, emulando el cine de Sam Peckinpah o Lars von Trier, y exponiendo al público a horrores de raíz social y política. Laxe asume el riesgo de desprender al espectador de toda seguridad afectiva, apostando por la luz de quienes ya nada tienen que perder. De ahí el magnetismo de su troupe de personajes marginales, cuyas heridas —visibles e invisibles— alimentan un viaje al fondo del alma humana.

    En Cannes, «Sirat» compartió el Premio del Jurado y conquistó a crítica y público por igual. El propio director, al recibir el galardón, celebró la diversidad y el riesgo: “¡Viva la diferencia, vivan las culturas y viva el Festival de Cannes!”. No es la primera vez que su cine estremece la Croisette: Laxe ya fue premiado por «Mimosas» y «O que arde», confirmando una mirada única, capaz de conciliar tradición y ruptura, lo espiritual y lo físico, en una suerte de trance hipnótico y catártico.

    La llegada a la carrera del Oscar tampoco es casualidad. La prensa estadounidense, desde The Hollywood Reporter hasta Variety, ha situado a «Sirat» entre las favoritas para la nominación a Mejor Película Internacional, y la distribuidora Neon —responsable del éxito de «Parásitos»— apostará en firme por su lanzamiento en Estados Unidos este otoño. Junto al impulso de Movistar Plus+, que la estrena en septiembre, y El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar, el filme se posiciona como una de las candidaturas más sólidas de los últimos años.

    El fenómeno «Sirat» trasciende, además, el circuito de festivales. En Francia se ha estrenado con un éxito inusitado (más de 142,000 entradas vendidas en pocos días), y en España suma ya más de 400,000 espectadores y 2,6 millones de euros en taquilla a principios de septiembre. Estos números, poco habituales para una propuesta tan radical, hablan de la capacidad del filme para conectar con públicos y contextos diversos.

    ¿Y qué convierte a «Sirat» en la odisea cinematográfica del año? En parte, su fidelidad a la promesa del cine como experiencia transformadora. Nada en el filme es gratuito ni complaciente. Lejos del sentimentalismo, Laxe saca brillo a la crudeza, la libertad y el riesgo. El cineasta gallego sabe que el verdadero viaje no es el de los kilómetros recorridos ni las huidas desesperadas, sino la confrontación del ser humano con sus demonios, sus límites y, tal vez, su redención.

    Queda por ver si Hollywood sabrá rendirse ante este hechizo. Lo cierto es que «Sirat» se presenta como una rareza magnética, una película contemporánea que dialoga de tú a tú con el canon universal mientras se mantiene firmemente anclada en la tradición y el legado del cine español. En la recta final de la temporada de premios, la travesía solo ha comenzado. Pero la apuesta está clara: Oliver Laxe y su «Sirat» llegan dispuestos a dejar huella, abriendo caminos nuevos a través del desierto… y del corazón del séptimo arte.

    Paco Encinar

  • La Muerte de una Leyenda: Robert Redford Nos Deja a los 89 Años

    septiembre 20th, 2025

    El pasado 16 de septiembre de 2025, el icónico actor, director y activista Robert Redford falleció en su hogar en Sundance, Utah, a la edad de 89 años. La noticia conmocionó al mundo del cine y a sus innumerables seguidores, quienes recuerdan no solo a un hombre de rostro inolvidable y carisma natural, sino a un innovador que revolucionó Hollywood y defendió con pasión el cine independiente y el medio ambiente. Redford había anunciado su retiro de la actuación tiempo atrás, aunque posteriormente decidió mantenerse activo en roles de producción y apoyo a nuevos talentos. Su legado va mucho más allá de la pantalla, siendo también el fundador del Sundance Institute y del prestigioso Sundance Film Festival, uno de los eventos más importantes para el cine independiente a nivel mundial.


    Los Primeros Años y el Ascenso de una Estrella

    Nacido el 18 de agosto de 1936 en Santa Mónica, California, Charles Robert Redford Jr. creció en un ambiente cercano al mundo del espectáculo. Aunque comenzó estudios universitarios con una beca deportiva, su verdadera pasión lo llevó a formarse en la American Academy of Dramatic Arts en Nueva York, donde debutó en Broadway en 1959. Durante la década de los 60, comenzó a hacerse visible en series de televisión y obras teatrales, ganando notoriedad en Broadway con «Barefoot in the Park» (1963).

    Su gran salto a la fama llegó con el papel del Sundance Kid en la película «Butch Cassidy and the Sundance Kid» (1969), donde compartió pantalla con Paul Newman. Este western cómico fue la película más taquillera de ese año y consolidó a Redford como un astro en ascenso. Durante los años siguientes protagonizó éxitos como «The Sting» (1973), que le valió su única nominación al Oscar como actor, y «The Way We Were» (1973), consolidando así su estatus como uno de los actores más populares y rentables de la época.


    Una Carrera Multidimensional: Actor, Director y Activista

    Más allá de su éxito en la actuación, Redford dejó una huella imborrable como director. En 1980, debutó tras la cámara con «Ordinary People», película que ganó el Oscar a Mejor Película y le otorgó a Redford el premio a Mejor Director. A lo largo de su carrera como cineasta, dirigió otras obras destacadas como «A River Runs Through It» (1992) y «Quiz Show» (1994), filmes que se han ganado un lugar especial en la historia del cine.

    Como actor, su filmografía abarca una amplia variedad de géneros y roles, incluyendo «Jeremiah Johnson» (1972), «All the President’s Men» (1976), y «Out of Africa» (1985), y más recientemente en «All Is Lost» (2013), donde su actuación silenciosa y llena de tensión demostró su maestría ante la cámara. También apareció en el Universo Cinematográfico Marvel como Alexander Pierce, mostrándose relevante incluso en producciones contemporáneas.

    Además de su labor artística, Redford fue un activista comprometido con la protección ambiental y diversas causas sociales, incluyendo los derechos indígenas y LGBTQ. Su compromiso se tradujo en importantes participaciones, desde la defensa de reservas naturales hasta la promoción del matrimonio igualitario.


    Sundance: Un Legado que Cambió el Cine Independiente

    Quizás uno de los mayores legados de Robert Redford es la creación del Sundance Institute en 1980 y, con ello, el Sundance Film Festival, evento que inició su historia en 1978 y que bajo su liderazgo se transformó en la plataforma más influyente para cineastas independientes en Estados Unidos y el mundo.

    Este festival ha sido la cuna de importantes cineastas como Quentin Tarantino, los hermanos Coen y Steven Soderbergh, permitiendo la visibilidad de nuevas voces y proyectos que de otra manera habrían sido ignorados por los grandes estudios. El Sundance continúa hasta hoy como un símbolo de la innovación, diversidad y la lucha por un cine más auténtico y libre.


    El Legado Perdura

    Robert Redford dejó una huella imborrable en la cultura popular tanto como estrella de Hollywood como mentor y activista. Su impacto va desde sus memorables interpretaciones hasta su impulso al cine independiente y su lucha por preservar el planeta y los derechos humanos. Su muerte es un punto final a una era dorada del cine, pero su obra y principios seguirán inspirando a generaciones venideras.

    En estos tiempos donde la industria cultural enfrenta constantes cambios, el ejemplo de Redford y su inquebrantable compromiso con la calidad artística y la conciencia social permanecen vivos, recordándonos la necesaria unión entre arte, ética y activismo para moldear un futuro más justo y creativo.


    Paco Encinar

  • Estreno de “Dexter: Resurrección” y el legado cultural de una serie icónica

    septiembre 13th, 2025

    Recientemente se ha estrenado en España, a través de la plataforma SkyShowtime, Dexter: Resurrección, la esperada continuación de una de las series más influyentes de la televisión moderna. Esta nueva temporada retoma la historia justo después de la conclusión de Dexter: New Blood, con Michael C. Hall retomando el papel de Dexter Morgan, un forense de Miami con una doble vida secreta: asesino en serie de criminales que han escapado de la justicia. En esta entrega, Dexter despierta tras un coma y se traslada a Nueva York para encontrar a su hijo Harrison, enfrentándose a sus propios demonios y a nuevas amenazas.

    Pero más allá del argumento de esta temporada, Dexter ha sido un fenómeno televisivo y cultural desde su estreno original en 2006. Basada en la novela de Jeff Lindsay, la serie creada por James Manos Jr. supo romper con los moldes tradicionales del thriller criminal al presentar como protagonista a un antihéroe cuya complejidad moral trastocó al público y a la crítica por igual. Dexter Morgan no solo mataba, sino que lo hacía bajo un código ético personal que desafiaba la idea de justicia y humanidad. Este retrato del psicópata con conciencia ha cambiado para siempre la manera de contar historias en televisión.

    La serie se destacó por su capacidad para combinar elementos de suspense, drama psicológico y humor negro, construyendo un personaje fascinante y contradictorio, que despertaba empatía y rechazo a partes iguales. Michael C. Hall dotó a Dexter de una humanidad inquietante, y la evolución de su personaje a lo largo de ocho temporadas originales marcó un antes y un después en la narrativa televisiva. Muchas series posteriores han intentado replicar ese equilibrio entre carisma y oscuridad, pero pocas han logrado el impacto de Dexter.

    Su influencia trascendió las pantallas. Dexter despertó debates profundos sobre la moralidad, la justicia y la naturaleza humana, convirtiéndose en un referente en el análisis de la psicopatía desde la cultura popular. Además, la serie exploró con sensibilidad temas como la familia disfuncional, la identidad y la redención, aspectos que han motivado numerosos estudios y discusiones en foros culturales. En España, Dexter ganó una base sólida de seguidores que se mantuvo fiel durante años, y el nuevo estreno ha reactivado el interés por la franquicia.

    Televisivamente, Dexter fue pionera en la narrativa serializada centrada en un solo personaje complejo, abriendo camino para muchas otras apuestas de plataformas y cadenas que apostarían por antihéroes cargados de matices. Su éxito contribuyó a la edad de oro de las series que priorizan la profundidad psicológica y la construcción de universos densos, donde el espectador no solo busca entretenimiento, sino también reflexión y emoción.

    La llegada de Dexter: Resurrección ofrece así una oportunidad para redescubrir esta historia desde una óptica contemporánea, con una producción cuidada que combina suspense y drama familiar, manteniendo la esencia que ha hecho de Dexter un personaje tan emblemático. En un panorama televisivo cada vez más fragmentado, esta renovación confirma el poder que tienen las buenas historias y los personajes inolvidables para seguir conectando con las audiencias.

    Paco Encinar

  • Julia Roberts en “Caza de brujas”: el thriller que reaviva el debate feminista y divide opiniones

    agosto 31st, 2025

    La película «Caza de brujas» («After the Hunt»), que acaba de presentarse en el Festival de Venecia 2025, está revolucionando el panorama cinematográfico y las redes sociales. Protagonizada por Julia Roberts y dirigida por Luca Guadagnino, esta producción no es la típica historia que uno espera ver. Más bien, se trata de un thriller cargado de polémica y debates, que toca temas candentes y muy actuales como la cultura de la cancelación y el debate #MeToo, poniendo a todo el mundo a discutir.

    Julia Roberts interpreta a Alma, una profesora de filosofía en una prestigiosa universidad, que se ve en medio de una situación complicada: una estudiante, Maggie, acusa a uno de sus amigos más cercanos —también profesor— de abuso sexual. Desde ese punto arranca una historia densa y llena de aristas que no solamente trata de este episodio, sino también de las contradicciones, secretos y dilemas éticos que surgen a su alrededor. No es el típico relato maniqueo de víctimas y villanos; ahí todo se vuelve más complicado, y esa ambigüedad es lo que ha generado mucha expectación.

    Según lo comentado por los propios protagonistas y el director, el filme no pretende ser un alegato feminista simple ni un combate entre bandos. Julia Roberts ha señalado que la película quiere servir para reavivar la conversación sobre temas que siguen siendo urgentes, pero desde una mirada mucho más compleja y menos polarizada. El plan es que el público salga pensando, debatiendo, y no con todas las respuestas servidas en bandeja.

    Luca Guadagnino, conocido por la increíble estética de sus películas y su interés en explorar la complejidad humana, apuesta una vez más por un relato intenso y provocador. Apuesta por quebrar esa sensación de comodidad del espectador y lo hace mostrando personajes con luces y sombras en su moralidad. El suspense y la tensión emocional están presentes durante toda la película, que incluso resulta incómoda en ciertos momentos, pero precisamente esa incomodidad es uno de sus grandes atractivos.

    La atmósfera creada es oscura y enrarecida, con una banda sonora inquietante a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross, que ayuda a sumergir al público en el clima denso del film. Además, las interpretaciones de Roberts y su elenco, que incluye a Andrew Garfield y Ayo Edebiri, son destacadas por la crítica, que las califican de profundas y poderosas.

    Pero esta película no ha dejado indiferente a nadie. Al estar en plena época donde el feminismo y los debates sobre la cultura de la denuncia están a flor de piel, «Caza de brujas» ha generado una gran polémica. Algunos sectores la ven como un filme problemático, tal vez porque pone sobre la mesa certezas incómodas o porque se atreve a matizar temas sensibles con un enfoque que no todos comparten. Otros, en cambio, la valoran por esta misma valentía y el riesgo que toma al no ofrecer respuestas fáciles ni demonizar personajes.

    Esta mezcla entre lo polémico y lo artístico ha logrado que la película se convierta en uno de los títulos más comentados del festival y del año. El interés no sólo viene por el peso y la popularidad de Julia Roberts, sino también porque la historia toca un nervio social actual que no deja de provocar debates.

    La película retrata la fragilidad de la ética y el juicio social en una época donde la verdad puede ser fragmentaria y el daño puede venir de múltiples lados. Más que un thriller de acusaciones, es un examen sobre la justicia, el poder y cómo las relaciones humanas se tensan cuando entran en juego secretos y traiciones.

    En resumen, «Caza de brujas» es un estreno que lleva el suspense a otro nivel, llevado de la mano de un guion audaz y un equipo de primer nivel. Su llegada promete no solo entretener, sino estimular muchas conversaciones y polémicas durante los próximos meses. Se presenta como una película que desafía la visión simplista de temas complejos, invitando a mirar el feminismo, el poder y el juicio social con una lente más matizada y menos predecible.

    Para aquellos atentos a la industria, la película marca otro hito para Luca Guadagnino, reafirmándolo como un director que no teme meterse en terrenos espinosos y llevar el cine a debates culturales que importan. Y para Julia Roberts, supone una vuelta a roles desafiantes y llenos de profundidad, alejados de los clichés y con un gran potencial para impactar.

    En definitiva, «Caza de brujas» no es sólo un thriller más, sino un espejo inquietante de estos tiempos complejos. El tipo de película que divide opiniones, enciende el debate y hace que el arte siga cumpliendo su papel: hacernos pensar y sentir, sacudir nuestro confort y motivarnos a dialogar sobre lo difícil. La expectación está más que justificada, y se espera que este título dé mucho que hablar aún después de su estreno oficial.

    Paco Encinar

  • Verónica Echegui: Pasión, talento y autenticidad en escena

    agosto 25th, 2025

    El cine español está de luto tras la temprana pérdida de Verónica Echegui, una de sus actrices más queridas y respetadas. Nacida en Madrid el 16 de junio de 1983, Echegui creció en una familia ajena a la farándula —su padre era ingeniero y su madre abogada— pero desde niña tuvo claro que su vida estaría vinculada al arte dramático. Tras terminar el bachillerato, ingresó en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid y, más tarde, perfeccionó su talento en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres, mientras se ganaba la vida como camarera. Ese temple, mezcla de humildad y entrega, fue un sello que la acompañó durante toda su carrera.

    El gran salto a la fama llegó en 2006, cuando Bigas Luna la eligió para encarnar a Juani en “Yo soy la Juani”. La película fue un fenómeno y Echegui se transformó en un icono generacional, mostrando una fuerza y frescura inusitadas en el cine nacional. Gracias a este papel, recibió su primera nominación al Goya como mejor actriz revelación y se abrió paso en una industria que, desde entonces, no dejó de ovacionarla.

    A esta interpretación le siguieron proyectos tan diversos como “El patio de mi cárcel” (2008), con la que volvió a ser nominada al Goya, “Katmandú, un espejo en el cielo” (2012), “La gran familia española” (2013) o “Me estás matando, Susana” (2016), entre otros. En “El patio de mi cárcel” trabajó bajo la dirección de Belén Macías y junto a Pedro Almodóvar en la producción, consolidando su perfil como actriz polifacética y comprometida con los personajes femeninos complejos.

    Verónica no sólo brilló ante las cámaras: su talento traspasó fronteras con incursiones internacionales como “Bunny and the Bull” (2009) y “La fría luz del día” (2012), donde compartió escenas con Bruce Willis. Esta proyección internacional le valió el reconocimiento de la European Film Promotion como “Shooting Star” del cine europeo en 2009.

    En televisión, su carrera fue igualmente destacada. Tuvo papeles en series como “Fortitude”, “Trust”, “Intimidad”, “Apaches” y, más recientemente, “A muerte” (2025), donde su carisma traspasó la pantalla y conquistó nuevas audiencias. El teatro también fue un refugio creativo; debutó en 2005 con “Infierno” de Tomaz Pandur y regresó a los escenarios con “El amante” de Pinter (2018) y “La Strada” de Fellini (2019).

    Además, Echegui fue reconocida por su inquietud y sensibilidad en la dirección. En 2020 debutó como realizadora con el cortometraje “Tótem Loba”, basado en una experiencia personal. La pieza, aclamada por su enfoque feminista, recibió el Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2022 y posicionó a Verónica como una voz creativa y poderosa también detrás de las cámaras.

    A lo largo de su carrera, acumuló numerosos premios —Gaudí, Feroz, Sant Jordi—, y colaboró con cineastas como Icíar Bollaín, Daniel Sánchez Arévalo o María Ripoll. Algunas de sus películas más recordadas incluyen “No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas” (2016), “Seis puntos sobre Emma”, “Orígenes secretos” y la reciente “Yo no soy esa” (2024).

    En paralelo a su éxito profesional, su vida personal mantuvo cierta discreción. Durante trece años, compartió relación con el actor Álex García, con quien coincidió en varios proyectos y de quien se separó en 2023.

    El legado de Verónica Echegui va más allá de una prometedora carrera truncada. Su entrega, autenticidad y pasión quedarán grabadas en la memoria del cine español y en el corazón del público que la vio crecer, conmover y desafiar estereotipos. Su voz y su mirada seguirán inspirando a generaciones de intérpretes y directores. Verónica Echegui fue, y será por siempre, mucho más que una actriz: fue creadora, icono y embajadora de la emoción en estado puro.

    Paco Encinar

  • Francisco Ibáñez: el genio que nos hizo reír a todos

    agosto 24th, 2025

    Francisco Ibáñez sigue siendo, a pesar del paso del tiempo y de su ausencia física, una figura imprescindible para comprender el humor gráfico en España y en buena parte de Europa. Nacido en Barcelona en 1936, en plena posguerra, Ibáñez encontró en el dibujo una forma de evadirse de la rutina gris y una plataforma desde la que retratar, con agudeza y ternura, la realidad que lo rodeaba. Aquella vocación infantil pronto se transformaría en una carrera prodigiosa dedicada a la historieta.

    No es exageración considerarlo uno de los grandes arquitectos de la risa en nuestro país. Desde sus primeros trabajos, se hizo evidente que poseía una habilidad única para captar el pulso social y convertirlo en viñetas cargadas de ingenio y doble sentido. Trabajó mucho y muy duro, publicando sus primeras obra en revistas infantiles, hasta conseguir en 1958 su gran éxito: “Mortadelo y Filemón”. Aquella pareja de agentes de la T.I.A. –un trasunto español de la parodia de la vida burocrática y los servicios secretos– acabaría por convertirse en algo más que unos personajes simpáticos, en una verdadera institución nacional.

    Durante más de seis décadas, Mortadelo y Filemón han hecho reír a generación tras generación. Ibáñez, con su estilo ágil, su ritmo de trabajo inquebrantable y su inagotable inventiva, publicó miles de páginas y álbumes, acumulando cifras de vértigo: más de 150 millones de ejemplares vendidos y publicaciones en más de una docena de idiomas como alemán, francés, italiano, inglés, sueco, portugués o catalán. Su humor absurdo, sus juegos de palabras, el enredo constante y su dominio del gag visual han traspasado fronteras y modas, situándolo a la altura de los grandes maestros del noveno arte.

    Ibáñez no fue solo el “padre” de Mortadelo y Filemón: su imaginación desbordó el papel con personajes igualmente entrañables y carismáticos como Rompetechos, 13, Rue del Percebe, El botones Sacarino o Pepe Gotera y Otilio. Cada serie abordaba, desde la parodia y la crítica, los defectos y virtudes del español medio, de las familias a los oficios, de los barrios a las oficinas. En sus historias, los lectores reconocían no solo los lugares comunes del día a día, sino una mirada comprensiva, cómplice y, a la vez, desencantada de la vida cotidiana.

    A diferencia de otros autores que se limitaron a repetir fórmulas de éxito, Ibáñez supo evolucionar. Sus personajes, mientras pasaban de la dictadura a la democracia y sorteaban las múltiples crisis de la España contemporánea, nunca perdieron frescura ni actualidad. La censura, la burocracia y las contradicciones sociales formaron parte del combustible de su humor, que siempre rozó los límites con elegancia e inteligencia, convirtiéndolo, además de en un genio del entretenimiento, en un sutil cronista de su tiempo.

    El reconocimiento institucional tampoco le fue ajeno: fue galardonado con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, entre otros muchos. Sin embargo, pese a decenas de campañas populares y el cariño masivo de sus lectores, nunca recibió el Premio Princesa de Asturias, una injusticia que, para muchos, persiste todavía como una mancha sobre el palmarés de los grandes premios culturales en España. No hay debate: pocos han llegado tan lejos, ni han hecho reír y pensar a tanta gente como Francisco Ibáñez.

    Si algo caracterizó al autor fue su humildad y cercanía. Lejos de la pose intelectual, siempre atendía a sus seguidores con una sonrisa y conservó, hasta sus últimos días, la ilusión infantil de quien disfruta dibujando y haciendo reír.

    Hoy, cada vez que abrimos un tebeo suyo, encontramos mucho más que el eco de una risa fácil: hallamos la mezcla de talento, trabajo y humanidad que hizo de Ibáñez un creador imprescindible. Sus personajes viven, exageran, pelean y tropiezan para enseñarnos, como él mismo lo hizo, que tomarnos la vida un poco menos en serio es, quizás, el mejor remedio ante el absurdo cotidiano.

    Francisco Ibáñez nos lega un universo donde el humor es resistencia, y la imaginación, una forma luminosa de entender la realidad. Su herencia es compartida: tantos millones de lectores que hoy, más que nunca, siguen buscando en las páginas de sus historias una carcajada, una enseñanza o, simplemente, el calor amable de alguien que supo comprendernos a todos desde el dibujo y el humor.

    Paco Encinar

    @kinestubecine

    #FranciscoIbáñez #mortadeloyfilemon #humor #comic #fyp

    ♬ sonido original – Paco Encinar
  • “Alien: Planeta Tierra”: El xenomorfo sale del espacio y la pesadilla se hace real

    agosto 18th, 2025

    En algún momento de nuestra vida cinéfila escuchamos el grito imposible de una tripulación perdida en el espacio profundo. Era 1979, una época en la que el terror y la ciencia ficción necesitaban un revulsivo, y Ridley Scott nos lo brindó con “Alien: el octavo pasajero”. El xenomorfo se convirtió en el monstruo moderno definitivo, su silueta biomecánica tejida por Giger, la pesadilla por antonomasia de un futuro tecnológico. Pero hasta ahora, esa amenaza siempre fue remota, espacial, ajena a la cotidiana realidad terrestre. Eso acaba de cambiar: 2025 es el año donde el Alien pisa la superficie del planeta en una de las apuestas televisivas más ambiciosas del género, “Alien: Planeta Tierra”.

    El salto a la pequeña pantalla no es casual ni oportunista. FX y Disney+, con Noah Hawley (el brillante demiurgo de “Fargo” y “Legion”) como showrunner, han elegido el momento consciente de que el universo Alien no solo sobrevive gracias a sus películas: su legado está hecho de cómics, videojuegos y, ahora sí, televisión. El proyecto, que lleva gestándose varios años y que estuvo a punto de naufragar por las huelgas de guionistas, arranca como precuela directa de los eventos originales, situándonos en el año 2120, apenas dos años antes de la odisea de la Nostromo y Ellen Ripley. Ese dato cronológico no es menor: establece un puente entre las precuelas de Scott (“Prometheus”, “Covenant”) y el horror clásico de la Nostromo, pero lo hace desde una perspectiva radicalmente distinta.

    Una distopía reconocible

    Bienvenidos a una Tierra devorada por el capitalismo corporativo, gobernada por cinco megacorporaciones: Weyland-Yutani, Prodigy, Lynch, Dynamic y Threshold. No somos testigos de un mundo utópico, sino de una civilización donde lo biológico, lo sintético y lo híbrido conviven, se enfrentan y negocian su futuro. Si alguna vez el espacio era el “mar” inexplorado de la ciencia ficción, ahora el peligro está en casa, en las calles luminosas y densas de una ciudad inspirada, según su propio creador, más en el ciberpunk “Blade Runner” que en la nostalgia de nave industrial.

    Es en este entorno donde hace su aparición la protagonista, Wendy (Sydney Chandler), una metahumana: su mente humana ha sido transferida a un cuerpo sintético. Wendy no es la heroína tradicional, sino una bisagra narrativa entre la peripecia tecnológica y la pregunta existencial: ¿en qué momento una máquina deja de serlo? ¿En qué momento la conciencia supera a la programación? Estas preguntas, lejos de alejarse del eje central del horror xenomorfo, lo expanden: ahora no solo tememos a la criatura, sino también a la humanidad (o inhumanidad) de sus posibles contrincantes.

    El detonante de la serie es clásico: una nave de Weyland-Yutani se estrella en Ciudad Prodigy. Cuando acuden a investigar, tanto soldados como científicos terminan enfrentándose al “otro” definitivo: xenomorfos en la Tierra, por primera vez. Es aquí donde Hawley y su equipo brillante despliegan toda la tensión, el suspense y la brutalidad que hicieron mítica a la franquicia, pero lo hacen con otra cadencia. No se trata solo de sobrevivir; se trata de decidir el destino de la especie, en un mundo corrompido por la inmortalidad prometida por los híbridos y la despiadada lógica de las corporaciones.

    La serie está impregnada de referentes: tanto Hawley como la prensa internacional han apuntado sin tapujos a “Blade Runner” (el eterno dilema máquina-humano, los paisajes urbanos densos y lluviosos, la carrera por la inmortalidad) como a las propias raíces del terror clásico, ese en el que nunca sabes bien si el monstruo está fuera o dentro de ti. La atmósfera mezcla tecnología, crítica social y terror puro, siguiendo el rastro de Denis Villeneuve no solo con su “Blade Runner 2049”, sino también con la épica íntima y sofocante de “Dune” o “La llegada”.

    Un reparto coral y muchas preguntas

    El casting es otro de los fuertes de la serie: Sydney Chandler encarna a Wendy, mientras que Timothy Olyphant aparece como ese mentor ambiguo (Kirsh) que, lejos de parecerse a los villanos corporativos de anteriores entregas, aporta matices de humanidad y peligro. Completan el reparto Alex Lawther, Essie Davis, Samuel Blenkin y Adarsh Gourav, figuras que equilibran lo conocido y lo novedoso y garantizan un viaje emocional intenso.

    Pero lo más interesante de “Alien: Planeta Tierra” es su promesa de ir mucho más allá del “hay un alien, huye”. La serie asume que ocho episodios (y ojalá más) permiten abordar cuestiones éticas, emociones complejas y el inevitable choque entre la supervivencia y el progreso. Si el cine es sprint, la televisión es fondo: Hawley lo sabe, apostando por sutiles giros de guion, subtramas de espionaje corporativo y dilemas que, más allá de la acción, interrogan nuestra propia época.

    La bestia sigue acechando

    En su emisión, la serie ha desatado análisis y entusiasmos: la crítica valora la manera en que los xenomorfos han sido “reimaginados” sin perder el aura letal, y el público celebra la fusión entre acción y reflexión. No falta el terror físico —el sudor frio, los ataques sorpresivos, la omnipresente amenaza de los xenos—, pero la diferencia clave es que ahora, en la Tierra, ningún refugio es seguro. El mundo abierto multiplica el peligro y el espectáculo, pero también la angustia psicológica.

    Con “Alien: Planeta Tierra”, la franquicia se reinventa y confirma lo que sospechábamos: el Alien nunca fue solo un monstruo; siempre fue el espejo más perverso de nuestra humanidad. Ahora ese espejo nos mira desde la televisión y la pesadilla, a diferencia de en el espacio, sí podrá oír nuestros gritos.

    Paco Encinar

  • Falcon Crest: Epopeya de pasión y poder en los viñedos de California

    agosto 16th, 2025

    Cuando la televisión de los años 80 se adentró en los territorios de lujo, traiciones y poder, pocas series lograron captar la sofisticación y el dramatismo de esa década mejor que Falcon Crest. Este clásico estadounidense traspasó fronteras convirtiéndose en sinónimo de culebrón de alto voltaje: una historia donde la ambición, la familia y los secretos construyeron una leyenda cada domingo por la noche en millones de hogares.

    El corazón de la Toscana californiana

    Enmarcada en el ficticio Valle de Tuscany, reflejo del genuino Napa Valley, Falcon Crest se lanzó en 1981 de la mano de Earl Hamner Jr. El escenario no podía ser más propicio: interminables viñedos, mansiones de ensueño, coches de lujo y fiestas glamurosas tejieron el telón de fondo de un relato marcado, ante todo, por el ansia de poder. Pero tras la espléndida fachada se agitaba la turbulencia de una saga familiar presidida por Angela Channing, matriarca tan carismática como despiadada.

    Angela (inolvidable Jane Wyman) es la dueña absoluta del viñedo Falcon Crest, símbolo de tradición y riqueza. Pero la muerte de su hermano Jason reaviva viejas luchas internas: Chase Gioberti, el hijo heredero formado en la costa Este, regresa con su familia dispuesto a reclamar el legado que le corresponde. Comienza entonces una guerra fría (y algunas veces candente), donde ni la sangre ni el amor pesan tanto como el control de la tierra.

    El personaje de Angela fue la encarnación perfecta de la villana elegante, calculadora, capaz de todo por asegurar el futuro de Falcon Crest bajo su mando. Junto a ella, una galería de personajes complejos —el íntegro Chase, el misterioso Richard Channing, la vulnerable Maggie, el impetuoso Lance y la indomable Melissa Agretti— dibujaban alianzas efímeras al ritmo que marcaban los intereses y desengaños del clan.

    Una narrativa tan adictiva como el mejor cabernet

    Falcon Crest nació con una estructura episódica, pero pronto adoptó el ritmo frenético, lleno de cliffhangers y golpes de efecto, que definiría la ficción estadounidense de los 80. Nunca faltaban bodas accidentadas, crímenes sin resolver, accidentes espectaculares y romances prohibidos aderezados con conspiraciones empresariales.

    El “culebrón de viñedos” supo combinar la lucha de clases, la competencia empresarial y los dramas personales, sin perder nunca el pulso a la actualidad de la época. El papel preponderante de mujeres fuertes —encabezadas por Angela y Melissa— rompió moldes en una televisión dominada entonces por personajes masculinos, dando voz a la ambición femenina en un universo hostil y profundamente patriarcal.

    Por si fuera poco, la serie se rodó en localizaciones reales del Valle de Napa, dotando de autenticidad y una atmósfera bucólica a las tragedias que se fraguaban bajo los parras. El espectador no solo era testigo de la lucha por el poder si no, también, de una declaración de amor al buen vino, la arquitectura y paisajismo californianos.

    Más allá del éxito: legado de una era

    Durante sus nueve temporadas y 227 episodios, Falcon Crest alcanzó una extraordinaria popularidad (especialmente entre 1982 y 1985, cuando figuró en el Top 10 de audiencia en EE.UU.), enarbolando el estandarte de la telenovela sofisticada y adictiva. El reparto, encabezado por Jane Wyman —ganadora del Globo de Oro por su interpretación— sirvió de trampolín para futuros ídolos como Lorenzo Lamas y David Selby.

    La serie bebió del éxito de contemporáneas como Dallas o Dinastía, pero consolidó una personalidad única: menos grandilocuente, más matizada, con una tensión constante entre tradición y modernidad, valores familiares y egoísmo desenfrenado.

    Hoy, aunque el ritmo televisivo haya cambiado, Falcon Crest sigue siendo recordada con cariño por toda una generación que encontró en los viñedos californianos un reflejo hiperbólico de las pasiones y conflictos universales. La lucha de Angela Channing, el renacimiento cíclico de las traiciones, la búsqueda incesante de redención y poder siguen resonando como notas de un vino viejo que nunca cae en el olvido.

    Paco Encinar

    @kinestubecine

    #falconcrest #series #television #nostalgia #fyp

    ♬ Silenzio – serieturcheanna
  • “El Conjuro 4: Últimos Ritos”: Expectativa, misterio y el adiós a los Warren

    agosto 12th, 2025

    El terror tiene nombre propio en el séptimo arte, y ese es “El Conjuro”. En el umbral del estreno de su esperadísimo cierre, “El Conjuro 4: Últimos Ritos”, el aire está cargado de suspense, nostalgia y esa inquietante familiaridad que solo la saga ha sabido cultivar. Este es mucho más que el lanzamiento de una película: es el desenlace de una leyenda moderna del cine de horror.

    El ritual de la espera

    Desde su debut en 2013, “El Conjuro” se impuso como fenómeno cultural. James Wan y su equipo trajeron de vuelta el horror clásico, el que se respira en las sombras y se siente en la nuca, revalorizando ese miedo primigenio a lo inexplicable. Ahora, a solo días del 5 de septiembre de 2025, los fans —me incluyo— miramos hacia la oscuridad con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo. Porque esta cuarta entrega, bautizada como “Últimos Ritos”, tiene sabor a despedida, a rito de paso para Ed y Lorraine Warren, los inolvidables investigadores de lo sobrenatural encarnados por Patrick Wilson y Vera Farmiga.

    La expectativa es gigantesca. No se estrena solo una película, sino el último acto de los Warren como protagonistas. El cine de horror no será igual tras esto. ¿Podremos cerrar el círculo con ellos? ¿O el miedo verdadero es que nunca abandonarán del todo nuestras pesadillas?

    Una saga maldita… de éxito

    La saga principal de “El Conjuro” ha triunfado por una receta que parece simple, pero es delirantemente difícil de replicar: historias basadas en supuestos hechos reales, personajes profundamente humanos, atmósferas cargadas de amenaza y una realización técnica impecable. Desde la primera entrega, el universo conjurador se ha expandido: “Annabelle”, “La Monja”, “La Llorona”… pero la médula siempre han sido los Warren, su fe puesta a prueba, su amor como faro entre demonios.

    En cada nueva entrega, los cineastas han escalado los sustos pero también la carga emocional. Esta conexión emocional es, quizá, el ingrediente más poderoso. ¿Quién no ha sufrido por Lorraine en una visión? ¿Quién no ha contenido el aliento cuando Ed desafía al mismísimo demonio? En la cuarta película, la historia no solo remueve la superficie del horror, sino también el legado personal que dejan atrás los Warren.

    El caso Smurl y el aura del último ritual

    La cuarta entrega nos traslada a 1986, enfrentando a los Warren con el que se anunciaba como uno de los casos más espeluznantes de su carrera: el de la familia Smurl, acosada en su hogar de Pensilvania por fuerzas que nadie logró apaciguar del todo en la vida real. Aquí hay mucho morbo, pero también autenticidad, porque el caso está rodeado de testimonios, polémica y misterio sin resolver.

    Michael Chaves retoma la batuta de director, y David Leslie Johnson-McGoldrick firma el guion. No hay dudas de que pondrán toda la carne sobrenatural en el asador. Los tráilers —intensamente sombríos y prometedores— solo han encendido las ganas: imágenes sombrías, apariciones fugaces, gritos ahogados y esa atmósfera que anticipa el mal acechando tras la puerta.

    La maquinaria promocional juega con el contraste entre la amenaza de la entidad y la vulnerabilidad de los Warren, especialmente tras el retiro de Ed por problemas de salud. Judy Warren y Tony Spera tendrán protagonismo, sumando nuevas inquietudes familiares a la tormenta sobrenatural.

    Lo que se espera… y lo que se teme

    ¿Será de verdad el final? Eso dicen quienes han seguido el rodaje y la campaña oficial, aunque el universo expandido de “El Conjuro” (con Annabelle y La Monja) probablemente sobrevivirá. Pero lo que los seguidores queremos ver es una conclusión digna para la pareja Warren: un cierre emotivo, con heridas abiertas y la ambigüedad de lo inexplicable.

    Personalmente, tengo las expectativas puestas en ese equilibrio tan difícil: terror genuino y una despedida que no sea solo ruido, sino eco perdurable. No busco que todo quede resuelto —porque el terror, como la fe, siempre deja dudas—, sino que los Warren merecen un adiós que los consagre como leyenda.

    Esta crónica no intenta contarte la película. No quiero quitarte ni un solo grito de pánico, ni un salto en la butaca. Solo comparto la emoción colectiva de ser testigos del último rito de los Warren. ¿Seremos capaces de afrontarlo? El 5 de septiembre, las salas de cine (y nuestras almas) lo descubrirán. Porque si algo hemos aprendido de “El Conjuro” es que el verdadero miedo nunca muere… solo espera el momento perfecto para regresar.

    Paco Encinar

  • El último viaje de Inma de Santis

    agosto 6th, 2025

    Inma de Santis nació en Madrid el 24 de febrero de 1959, en el corazón de una ciudad que entonces despertaba lenta y tímidamente a la modernidad. Desde niña, demostró una vocación precoz y una presencia magnética en escena. Debutó en el cine con apenas cinco años en “El niño y el muro”, y enseguida se hizo un hueco entre los rostros más reconocibles del audiovisual español. En casa, su nombre real—Inmaculada Santiago del Pino—nunca alcanzó la popularidad que sí tuvo su seudónimo artístico, síntoma también de una época en la que una mujer debía reinventarse para tener voz propia en la industria.

    La trayectoria de Inma estuvo marcada por la intensidad y la diversidad. A finales de los años 60 participó en títulos emblemáticos como “La vida sigue igual”, donde compartió reparto con un por entonces desconocido Julio Iglesias y se inserta en la memoria colectiva una fotografía luminosa de juventud y libertad. Durante la década de los 70 y 80, su carrera se expandió con igual éxito en cine, televisión y teatro, en un movimiento poco habitual para las actrices de su generación, encasilladas habitualmente en un único registro. Obras como “Juegos de amor prohibido”, dirigida por Eloy de la Iglesia, subrayaron su voluntad de huir de los caminos trillados y su interés en explorar historias alejadas del convencionalismo dominante.

    Pero la Inma que seducía a directores, compañeros y espectadores era algo más que una intérprete entregada: era una mujer inconformista. Licenciada en Ciencias de la Información, siempre fue crítica con los papeles estereotipados y vacíos con los que el cine español trataba a las mujeres. Denunciaba, con una lucidez inusual para su edad, la ausencia de personajes femeninos complejos y la falta de historias contadas desde la experiencia de las mujeres. Esa inquietud la llevó en 1987 a dar un paso detrás de la cámara con el cortometraje “Eulalia”, una pequeña joya que obtuvo varios premios y que consolidó su anhelo de dirigir sus propios largometrajes. Para Inma, actuar no era suficiente; sentía la necesidad de narrar, de levantar historias desde la raíz, de buscar verdad donde escaseaba lo auténtico.

    En televisión, fue una presencia habitual: protagonizó capítulos en programas míticos como “Estudio 1”, “Cuentos y leyendas” o “Teatro Estudio”. Dirigió y guionizó espacios, pero nunca perdió la cercanía y la naturalidad que la hicieron tan querida también como entrevistadora y presentadora. Quienes trabajaron a su lado destacan su capacidad de conectar con el público sin esfuerzo, su honestidad y un permanente estado de curiosidad creadora.

    A menudo, Inma luchó por la independencia en su carrera y en su vida, enfrentándose a las convenciones del oficio y a su propia fama, que si bien le abría puertas, también la encerraba en ciertas expectativas. Hablaba sin tapujos de sus modelos a seguir dentro y fuera del cine: la influencia del cine europeo, la admiración por directoras que iban abriendo caminos y su deseo de una industria donde la desigualdad de género fuera solo un mal recuerdo.

    La tragedia irrumpió el 21 de diciembre de 1989. Inma viajaba junto a unos amigos por el Sáhara Occidental, donde unas vacaciones se convirtieron en el epílogo de su vida. Conducía un vehículo todoterreno que volcó tras intentar esquivar un animal en la carretera. Fue expulsada del coche y falleció en el acto. Tenía solo 30 años.

    La noticia conmocionó al mundo del espectáculo y a quienes habían seguido desde la infancia el devenir de su carrera. Los medios de la época consignaron la pérdida de “una de las mejores actrices jóvenes del cine español”, una voz original y genuina, que aspiraba a transformar la industria desde dentro y que, con toda seguridad, hubiera alcanzado cotas artísticas más altas a poco que el tiempo le hubiera sido propicio. Sus cenizas fueron depositadas en el Cementerio de la Almudena, cumpliendo así su deseo de ser incinerada.

    Pero la huella de Inma de Santis no se limita a la memora de quienes la vieron actuar. Su nombre ha sido reivindicado por compañeros y por aficionados, que han solicitado sin éxito dedicarle calles, plazas o centros culturales en Madrid y en Pozuelo de Alarcón, símbolo del reconocimiento que merece quien vivió y trabajó siempre, y a pesar de todo, desde la autenticidad y el compromiso.

    A día de hoy, su filmografía, en la que destacan títulos como “El bosque del lobo”, “Nunca en horas de clase”, “Las flores del vicio”, “El asesino de muñecas” o la mencionada “Juegos de amor prohibido”, y su labor en televisión, siguen disponibles para la curiosidad de nuevas generaciones. También sus cortometrajes ocupan un lugar especial en la todavía breve, pero esencial, historia de las directoras españolas.

    Inma de Santis no quería ser solo parte de una historia; quería contarla y transformarla. Su vida es testimonio de una época y de una lucha que aún hoy resuena. Su ausencia es un hueco, no solo por lo que hizo, sino—y sobre todo—por todo lo que le quedaba por hacer.

    Paco Encinar

    @kinestubecine

    #inmadesantis #rtve #tve #TragediaPersonal #HistoriaReal #cineytelevision #sucesos

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