
En el universo del cine español contemporáneo, pocas trayectorias resultan tan apasionantes como la de Oliver Laxe, un director capaz de transformar los paisajes ásperos del mundo en escenarios de exploración espiritual y cinematográfica. Su nueva película, «Sirat», no solo ha conseguido el honor de representar a España en la 98ª edición de los premios Oscar, sino que ha iniciado su propia travesía: la de conmover, desafiar y redefinir lo que esperamos del gran cine de autor europeo.
La trama arranca a fuego lento pero con electricidad visual. Un hombre (Sergi López) y su hijo pequeño (Bruno Núñez) aterrizan en una rave perdida en las montañas del sur de Marruecos. Su misión: encontrar a Mar, hija y hermana de los protagonistas, desaparecida meses atrás en una fiesta sin amanecer. Convertidos en forasteros dentro de un microcosmos gobernado por la música electrónica y la libertad radical, ambos reparten una y otra vez la foto de la joven desaparecida mientras navegan el caos y la esperanza en una atmósfera tan vibrante como peligrosa.
Laxe despliega sus cartas sin cortapisas. Desde ese primer e hipnótico plano —una rave clausurada violentamente por soldados y una imagen láser proyectada en la escarpadura del monte—, el espectador recibe una advertencia: está a punto de cruzar, junto a los protagonistas, un puente entre el paraíso y el infierno. La sinestesia de Mauro Herce, director de fotografía, inunda la pantalla de una belleza abrasiva, jugando con luces, arena y cuerpos desgastados, guiando al clan de inadaptados hacia un abismo que es tanto físico como metafórico.
La película alterna con destreza los códigos del drama familiar y la road movie, pero su verdadero poder de conmoción reside en la negociación con el western. Si en los primeros compases se entrevé una relectura mítica de «Centauros del desierto», el relato desemboca pronto en el territorio de la brutalidad, emulando el cine de Sam Peckinpah o Lars von Trier, y exponiendo al público a horrores de raíz social y política. Laxe asume el riesgo de desprender al espectador de toda seguridad afectiva, apostando por la luz de quienes ya nada tienen que perder. De ahí el magnetismo de su troupe de personajes marginales, cuyas heridas —visibles e invisibles— alimentan un viaje al fondo del alma humana.
En Cannes, «Sirat» compartió el Premio del Jurado y conquistó a crítica y público por igual. El propio director, al recibir el galardón, celebró la diversidad y el riesgo: “¡Viva la diferencia, vivan las culturas y viva el Festival de Cannes!”. No es la primera vez que su cine estremece la Croisette: Laxe ya fue premiado por «Mimosas» y «O que arde», confirmando una mirada única, capaz de conciliar tradición y ruptura, lo espiritual y lo físico, en una suerte de trance hipnótico y catártico.
La llegada a la carrera del Oscar tampoco es casualidad. La prensa estadounidense, desde The Hollywood Reporter hasta Variety, ha situado a «Sirat» entre las favoritas para la nominación a Mejor Película Internacional, y la distribuidora Neon —responsable del éxito de «Parásitos»— apostará en firme por su lanzamiento en Estados Unidos este otoño. Junto al impulso de Movistar Plus+, que la estrena en septiembre, y El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar, el filme se posiciona como una de las candidaturas más sólidas de los últimos años.
El fenómeno «Sirat» trasciende, además, el circuito de festivales. En Francia se ha estrenado con un éxito inusitado (más de 142,000 entradas vendidas en pocos días), y en España suma ya más de 400,000 espectadores y 2,6 millones de euros en taquilla a principios de septiembre. Estos números, poco habituales para una propuesta tan radical, hablan de la capacidad del filme para conectar con públicos y contextos diversos.
¿Y qué convierte a «Sirat» en la odisea cinematográfica del año? En parte, su fidelidad a la promesa del cine como experiencia transformadora. Nada en el filme es gratuito ni complaciente. Lejos del sentimentalismo, Laxe saca brillo a la crudeza, la libertad y el riesgo. El cineasta gallego sabe que el verdadero viaje no es el de los kilómetros recorridos ni las huidas desesperadas, sino la confrontación del ser humano con sus demonios, sus límites y, tal vez, su redención.
Queda por ver si Hollywood sabrá rendirse ante este hechizo. Lo cierto es que «Sirat» se presenta como una rareza magnética, una película contemporánea que dialoga de tú a tú con el canon universal mientras se mantiene firmemente anclada en la tradición y el legado del cine español. En la recta final de la temporada de premios, la travesía solo ha comenzado. Pero la apuesta está clara: Oliver Laxe y su «Sirat» llegan dispuestos a dejar huella, abriendo caminos nuevos a través del desierto… y del corazón del séptimo arte.








